[Title reference: Pride and Prejudice (Jane Austen, 1813)]
Junio llega y las calles se llenan de arcoíris. Banderas ondeando, marcas y empresas pintadas de inclusión (aunque este año no), discursos que parecen calcados y un sentimiento de celebración colectiva. Saquemos a los gays de la empresa para que nos cuenten a todos sus historias y lloremos con ellxs, volteémoslos a ver este mes, pero los demás los callamos. Qué viva el departamento y área DEI. El «Mes del Orgullo» se instala como un recordatorio visible de la existencia de un sector históricamente silenciado.

¿Orgullo de qué, exactamente? Me pregunto. ¿De haber sobrevivido a una sociedad que durante siglos nos señaló, castigó o ignoró? ¿De amar distinto? ¿De desear fuera de la norma? ¿De no ser como los demás? Puede ser.
Pero aquí viene la primera disonancia: cuando lo que era político se vuelve rutina, cuando el grito se convierte en slogan, y cuando la diferencia se convierte en estética, el mensaje se vacía, deja de existir.
El orgullo deja de ser resistencia y se convierte en un protocolo, en un calendario, una campaña. ¿Y qué estamos celebrando cuando marchamos con slogans que no nos representan? ¿Estamos siendo fieles a nosotros mismos o cumpliendo con un deber colectivo para no ser expulsados del rebaño?
Show me your true colours… ok, don’t, you’re white or black.
Durante años, la comunidad LGBTQ+ fue un refugio. Un espacio de protección, de apoyo, de reconstrucción. Una respuesta a la marginación y al silencio. Pero hoy en día, en muchos lugares, ese espacio se ha vuelto un régimen. Un sistema de normas no escritas, donde tu validez como persona queer está supeditada a que pienses, votes, hables, vistas y ames como se espera que lo hagas. Y si no lo haces, si disientes, si no «perteneces», pasas a ser un apestado. Un infiltrado. Un traidor a la causa.
Y es aquí cuando, el colectivo que nació como espacio de libertad, hoy muchas veces funciona como un tribunal de ortodoxia moral:
- ¿No te sientes representado por las siglas infinitas? «Eres ignorante».
- ¿Tienes dudas sobre los discursos oficiales? «Eres fóbico».
- ¿No apoyas ciertos activismos? «Eres auto-odiado».
Se ha instalado la idea perversa de que ser gay, lesbiana o trans, o la letra que quieras, viene con una cartilla ideológica; como si la orientación sexual definiera también tu voto, tu cosmovisión y tus causas y creencias políticas. Eso no es diversidad, eso es pensamiento «único», con maquillaje de glitter, como si fuesen de Euphoria.
Yep, I’m gay, and I’m right. Get over it!
Sí, soy gay. Y no creo que eso me defina como hombre ni como persona. No creo en el colectivismo, ni en el asistencialismo, ni en la victimización eterna. No me identifico con la izquierda ni sus narrativas. No creo en los falsos profetas que prometen igualdad mientras destruyen libertades individuales.
Y sin embargo, por decir esto, hay quienes creen que estoy traicionando algo. ¿Qué exactamente? ¿Un dogma? ¿Una bandera? ¿Una obligación moral? ¿Desde cuándo ser homosexual me ata a una ideología? La orientación sexual no es una militancia. No es un contrato de adhesión. Y no es un mandato político.
Aparte, ahí radica también lo que llamo un egoísmo colectivo: prefieren estar bien ellos a que esté bien todo el país. Habiendo tantos problemas de inseguridad, desempleo, crisis de vivienda, crisis económica, inflación, falta de credibilidad crediticia internacional, ven por ellos y sólo por ellos, con que ellos puedan tener ¿derechos? ¿Cuáles? ¿Los mismos que todos tenemos por el simple hecho de existir o ser mexicanos o humanos?
Y aquí es donde se enoja más de uno: si vamos a hablar de historia, entonces hablemos en serio. La izquierda no ha sido, jamás, amiga de las personas LGBT. De hecho, ha sido su verdugo, veamos:
- En Cuba, los homosexuales eran enviados a campos de trabajo;
- En la URSS, la homosexualidad era un crimen;
- En Nicaragua y Venezuela, la disidencia sexual está bien… mientras no cuestione al régimen;
- En Corea del Norte, simplemente no existe;
- En China, se censura toda narrativa LGTB en medios.

Por no mencionar que, en México, el expresidente López se refirió a Salma Luévano como «el señor vestido de mujer» o igual podemos mencionar la falta de programas de salud para la prevención y control de VIH… o los mismos medicamentos.

El «pueblo» bueno y sabio, sí, claro. Pero siempre que sea heterosexual, funcional y obediente.
¿Y quién sí me ha dejado existir con libertad? El mercado. El capitalismo. La libertad individual. A diferencia del Estado paternalista, que quiere controlar hasta a quién deseas, el mercado no pregunta. Solo responde:
- ¿Tienes valor?
- ¿Eres capaz?
- ¿Tienes algo que ofrecer?
El capitalismo no te exige que pienses de cierta forma, ni te premia por tu orientación. Solo le importa si puedes resolver problemas, crear soluciones, generar riqueza o aportar valor.
Y aunque muchos quieran demonizarlo desde sus iPhones, monetizando en Instagram y estudiando en universidades privadas, el capitalismo es el único sistema que te permite ser libre a pesar de no ser igual. La izquierda te quiere en masa, en bloque, con carteles y marchando detrás de un líder que te diga cómo ser.
El capitalismo, en cambio, te deja competir, destacar o fracasar por tus propios medios. ¿Eso es más duro? Sin duda. ¿Eso es más justo? También. Porque en esa frialdad, hay una verdad que nadie puede negar, nadie te tiene que emitir un permiso para ser tú. Solo te pide que seas competente.
The Butcherfly Effect
Aquí entramos ahora a un terreno espinoso, pero necesario de abordar. ¿Por qué existe entre tantos hombres homosexuales una compulsión por feminizarse, incluso cuando no se sienten femeninos? ¿Y por qué entre tantas lesbianas hay una tendencia a endurecerse, a imitar lo masculino, a borrar lo femenino?
Y no, esto no es una crítica a la expresión de género, ni a los trans. A últimas, cada quien tiene el derecho absoluto a vivir su identidad como le dé su chingada gana, pero sí hay algo que vale la pena preguntarse honestamente:
¿De dónde viene ese deseo de performar, representar, una identidad? ¿Es un deseo auténtico? ¿Es una forma de autodefinición? ¿O es una respuesta inconsciente a un trauma, una necesidad de pertenencia, de atención y abandono que ven en esto un intento para ser visto?

Muchos gays masculinos son rechazados dentro del propio ambiente si no «actúan» como se espera, porque si no eres «afeminado», «divertido», «escandaloso» o «políticamente correcto», no existes. Y muchas lesbianas femeninas sufren el mismo desplazamiento: no encajan en lo «que se supone que deberían ser». ¿La identidad queer se volvió uniforme? ¿Una nueva forma de obediencia?
Entonces, si ser diferente se transforma en una nueva obligación, entonces no hemos conquistado la libertad. Solo la hemos maquillado… tanto que ya hasta parece drag.
Join our club!
Aquí viene otra verdad que incomoda: la colectividad protege, sí, pero también te silencia. Cuando estás dentro de un grupo, de un colectivo, de un movimiento, la pertenencia tiene un costo. Y ese costo, muchas veces, es el pensamiento propio.
Lo que era un refugio se vuelve prisión. Lo que era comunidad es ahora una estructura con jerarquías. Lo que era identidad ya es exigencia. Ya no puedes cuestionar, no puedes disentir, no puedes criticar, porque si lo haces, «eres parte del problema». Y así, en nombre de la inclusión, se comete una nueva forma de exclusión.

I live for the applause, applause, applause…
En el fondo, si nos vamos hacia abajo, a desenterrar el comportamiento de las personas, todo esto tiene que ver con una necesidad muy humana y muy peligrosa a la vez: el ser notado. No solo aceptado, no solo tolerado, sino visto, aprobado, validado y aplaudido.
Vivimos en una sociedad donde muchos no se atreven a hablarle a quien les gusta si no saben que tendrán un «sí» asegurado. Donde la opinión personal está secuestrada por el miedo a la cancelación. Donde ser tú mismo es un lujo que pocos se permiten. Y la comunidad LGBTQ+ no es la excepción. Muchos viven su vida según el guión que mejor funciona. No el que les nace del alma, sino el que les garantiza pertenecer, likes, atención, «representación». La libertad se ha llenado de filtros, y más triste es que sean filtros autoimpuestos para sentir que se pertenece a un grupo, y quizás, en el fondo, a una familia. La autenticidad se ha convertido en performance. Y el orgullo, ya para estas fechas,es muchas veces solo una puesta en escena.
«Me cago en Dios»
Dentro del colectivo LGBTQ+, hay una aversión profundamente instalada hacia todo lo que huela a religión. No hacia lo dogmático, no hacia lo autoritario, sino hacia cualquier forma de espiritualidad institucionalizada. Y, nuevamente, eso tiene una raíz comprensible: el rechazo de los padres. La condena en nombre de Dios. El silencio durante la infancia. El desprecio envuelto en moral cristiana. Muchos gays crecieron siendo castigados, burlados o simplemente ignorados por familias que profesaban una fe incapaz de amar incondicionalmente.
Esa herida sigue abierta. Y el odio a lo religioso no es más que la cicatriz mal curada de esa falta de amor original.
Por eso, psicológicamente, hay una tendencia brutal a buscar aceptación en todas partes. En los amigos, en las redes, en los colectivos, en las modas. Esa necesidad insaciable de ser aceptado por todos, de evitar el rechazo a cualquier precio, nace del trauma de no haber sido aceptado por quienes más deberían haberte amado: los papás.
Y el resultado es, tristemente, una generación que exige validación constante, que vive con ansiedad afectiva, que necesita que el mundo lo apruebe para poder dormir tranquilo, como lo he mencionado con anterioridad.
Being Mutant and Proud (having no shame)
¿Se acuerdan de Mystique / Raven de X-Men First Class? Que durante años se disfrazó para agradar, incluso, a los mismos mutantes. Ser tú mismo no es pintarte de colores. Es despojarte de los disfraces. Es atreverte a decir lo que piensas sin pedir permiso, es amar sin tener que explicarte, es votar como quieras sin tener que justificarte, es no militar una causa que no sientes solo para pertenecer.
Orgullo es poder decir:
- «No me representa tu bandera»;
- «No me interesa tu narrativa de víctima»
- «No necesito que me salves»;
- «No tengo que ser parte del colectivo para tener dignidad»;
- «Puedo ser gay, conservador, masculino, capitalista y no necesito tu aprobación para existir.»

Ese es el verdadero orgullo para mí: el que no grita, el que no marcha. El que simplemente vive sin pedir perdón ni permiso.
¿Orgulloso? Sí, pero no idiota. ¿Celebro el orgullo? Sí, pero no como espectáculo. No como consigna vacía, ni como cuota de pantalla y menos como filtro, vamos eso ni para fotos de Instagram.
Celebro el orgullo de quienes nos levantamos cada día siendo nosotros mismos aunque el mundo nos diga que no deberíamos.
Celebro el orgullo de quienes nos atrevemos a pensar diferente dentro de una comunidad que castiga la diferencia.
Celebro el orgullo de quienes amamos sin bandera, deseamos sin permiso y existimos sin disfraz.
Orgullo, sí. Pero no de lo que me hace diferente, sino un orgullo más grande: hacia mí mismo, por no haberme traicionado nunca.


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