[Title reference: Mogambo (Dir. John Ford, 1953)]

Diciembre 2023. Aún tenía treinta años, estaba a menos de una semana de cumplir treinta y un, se dicen fácil, se escriben aún más, pero pasar de los primeros a los segundos es aceptar que pasamos a otro piso, a uno donde ya no hay retorno, donde lo aprendido en estas tres décadas definirá los quince años que vienen, pero no pensaba en nada de eso, ni tampoco pensaba en que al otro día era lunes y tendría que ir a la oficina, que tenía que comenzar a planear los viajes y eventos del año que estaba también por entrar, sólo pensaba en —tontamente— recoger mi nuevo teléfono, como si hubiese sido un niño pequeño en busca de los regalos para Navidad, el cuál tenía días que había pedido y no había llegado el color que quería, tampoco pensaba, vamos, ni siquiera imaginaba que a escasos metros, al terminar de subir esa escalera eléctrica que me llevaría a la tienda de teléfonos, casi antes de bajar, cuando tu mirada apenas va descubriendo el piso por venir, cruzaría la mía no con el piso, sino con ese alguien quien, a partir de ese momento, selló mi destino, que revolucionó mi sentir, que sin besarme, pero con la mirada fija en mí, cambio lo que sería, hasta la fecha, el resto de mi vida. Sus ojos, oscuros, casi negros, rodeados de esa piel tan blanca, los labios rosados, su pelo oscuro. Ese contraste que tanto me fascina: piel blanca, pelo negro. Deja de mirarme, evita mi mirada, termina con esta conexión que no puedo romper, que por más que avance, sigo volteando para verte. No sé quién eres, ni cómo te llamas, pero sé que ya has llegado a mi vida, a mi mente, y ambas las dedicaré a ti.

Marzo 2025. Subí las mismas escaleras que subí hace más de un año. Todo había cambiado, ya no estaban las tiendas, obviamente ya no estaba él, pero tampoco estaba mi sentido de pertenencia en esa ciudad. Hace ya un mes que no vivo en Veracruz, ciudad a la que de cierta manera me aferré después de haber terminado mi contrato en la empresa en la que trabajaba que, con una muy buena liquidación, me permití vivir holgadamente por meses, dedicándome, y muy bien, a mí. A mi crecimiento personal, profesional y educacional. Me dediqué a llevar una vida saludable, a realizar tareas que venía postergando, a conocer personas nuevas, vivir cosas nuevas, a pasear sin preocupaciones, mismas que aún no tengo, pero me sentía en, me sentía parte de un lugar, de una ciudad, de una casa, tenía amigos, salía con gente, dormía con otra. Sentía que pertenecía. Ahora, al haber cortado de tajo todo e irme de un día a otro, sin despedirme ni algo por el estilo, y haber estado en Ciudad México a los tres días hizo que olvidase por completo, o si bien no olvidase, que por lo menos reconociese que Veracruz ya no era o es mi hogar, que mi ciclo ahí ha terminado y que, honestamente, no pienso, ni me gustaría regresar, no descarto mas no a corto plazo.

Veracruz ya no tiene algo que ofrecerme, me dio lo que me tenía dar, aprendí, viví, conocí las cosas y personas que tenía que conocer, vivir, aprender y sentir para, de cierta manera, comenzar nuevamente este viaje y relación que tengo con las palabras. Se me cumplió lo que tanto deseé: enamorarme de una manera tan fuerte, que el mismo dolor que sintiese fuese aún más grande para que pudiese volver a escribir, a hilar palabra por palabra como el sastre une las telas, de una manera tan precisa que quienes me leyesen pudiesen encontrar si acaso un dejo del Enrique que fui mas no del que soy, y mucho menos no del que seré, porque ese Enrique que una vez amó tanto que pudo ser capaz de escribir más trescientas páginas para sanar, sigue en mí, si bien no de la misma manera, sí de una manera sensata, madura, e inteligente, que se siente listo para escribir una nueva historia, porque ya han pasado siete años de 2018 a 2025, ese Daniel amó, se casó, se divorció, pensó que no volvería a amar o a enamorarse y no fue así. Daniel se volvió a enamorar, fue correspondido y aunque las relaciones no prosperaron, Daniel volvió a sentir. Y el susodicho del primer párrafo de este escrito tiene mucho que ver, porque él fue la green light que lo motivaba, me motivaba a seguir en Veracruz, ¿qué pasó? Lo voy a contar, a su tiempo.

El chico del mostrador me dice que regrese en treinta minutos para que le den una respuesta sobre mi nuevo equipo. No, no quiero regresar en media hora, quiero quedarme aquí, al pendiente del chico blanco de pelo negro, cuyo uniforme azul le queda tan divino. Lo veo y está al pendiente de su teléfono, metido en él mientras su compañero hace una muy pobre labor de venta. Salgo de la tienda de teléfonos, sin algo por hacer y paso nuevamente, buscando su mirada, frente a este personaje que ha caído a mi vida sin esperarlo, pensarlo, siquiera saber que lo necesitaba, y ahora no logro quitármelo de la cabeza. ¿Cómo te llamas? ¿Cómo te llamas y por qué no Mío? Quiero saber de ti, tu nombre, tus gustos, tu vida, tu todo. Quiero que alces la cabeza, que me veas nuevamente. Quiero que tus ojos casi negros vuelvan a mirarse con los míos. Quiero, quiero, quiero. Quiero que pase. Y pasa. Levantas la mirada y ahí estás de nuevo, no cedo, no sonrío, no nada, sólo te veo, fijo, sin miedo, sin emoción, porque ya todo en mí es una mezcla de emociones y no sé cuál sacar. Pasan los minutos y doy vueltas mientras hago tiempo a que transcurran los treinta minutos, como cuando esperas mucho tiempo a que la lavadora termine de centrifugar, o el pastel se termine de hornear, que por más que quieras no pasa el tiempo, camino y sigo caminando, pero mis pies me llevan a él, hacia ti. Quiero que las escaleras eléctricas nuevamente me lleven a ti, que me recibas otra vez y oh, sorpresa mía cuando llego y no estás allí, no estás más allí, no te veo, sólo está el chico gris, con una cara de sonso que no puede con ella, al igual que está la mía ahora triste sin haber podido verte. Pasan los minutos y salgo de mi tienda de teléfonos, sin teléfono y sin haberte visto, cómo te llamas. ¿Cómo te encuentro? ¿Cómo te acaricio? ¿Cómo te beso? Pensando eso venía cuando, en cámara lenta, como si el tiempo siguiese sin pasar, entré por otra tienda para salir del centro comercial y es ahí cuando, sin poder evitarlo ambos, nos sonreímos como quien le sonríe a alguien que conoce de años, y no sólo se conoce, sino que se reconoce.

Caminé por las calles de una Veracruz que por dos años me arropó, me adoptó, me hizo sentir en un ambiente cálido. Recorrías las calles como si fueran mías, como si las hubiera conocido desde niño. Tomaba los camiones como nativo, conocía el menú de sus restaurantes y cafeterías, pero ahora no. Ya no me siento, o ya no me sentí, o ambas a la vez, parte de ahí. Esas calles ya no eran, ni son, y dudo si alguna vez volverán a ser, mías, las cruzo, veo y pienso ni siquiera como turista, sino como un extraño en una tierra extraña que no sabe si es real, y quizá sea una especie de protección, de coraza, de no querer pertenecer a propósito, porque hacerlo sería aceptar que la amé, que amé a Veracruz, y al hablar de Veracruz hablo también de Boca del Río, que decidí quedarme y crear un hogar conmigo (principalmente), pero que también decidí quedarme por él, porque quise luchar, quise ganar, aunque después me aburriese con su falta de tópicos, que me hartase con su hiperactividad, o que me ganase para siempre con su calentura, con compartir los mismos gustos y deseos, mismos fetiches, mismas ganas de placer, y no, no quiero aceptar que fue por él, pero a la vez lo estoy haciendo, porque me enamoré como hacía años no lo hacía y eso claro que se lo agradezco, y como le dije una vez, una vida sin ti sería como un Veracruz sin mar, no habría vida, no habría chiste, no habría más. Y sí, sí hay, hay mucho más, y agradezco haberme movido tan pronto porque de cierta también abrí los ojos, chicos más guapos, más atractivos, intelectuales llegaron a mi vida, me quité esa sensación amarga, y regresé a mis antiguas mieles. Y sí, lo pienso, como cuando uno piensa en Adela Noriega, de vez en cuando, sin relevancia, pero con cierto grado de interés por una persona importante para ti, rememorando tiempos que fueron y que no serán porque quizá así tenía que ser.

Dios me permitió estar más tiempo para cerrar lo que tuviese que ser cerrado y darme cuenta de lo relevante que tengo que ser para mí mismo, pero, sobre todo, también me dio la oportunidad de conocer amor genuino, no sólo en uno sino en varios chicos, bueno, varios tampoco, muy contados, con quienes pasé días y noches increíbles, con quienes me sentí bien, querido, admirado y eso es bonito, y está bien, y que nadie venga a decirte lo contrario, y de cierta manera, saber y sentir que, aunque sea por un o unos momentos, pertenecí —así como mi última noche, que le pertenecí a alguien a quien quise mucho y a quien ahora quiero, y recuerdo con esa sonrisa de cariño, de qué habría pasado si la vida me hubiere dado más días—. Que pertenecí a alguien y alguienes más, pero también que donde sea que yo esté, me pertenezco, que yo soy mi propio hogar y que debo aprender a dejar que otros me hagan parte del suyo sin temor alguno.

Tu sonrisa no logro sacarla de mí, de mi cabeza, de mi recuerdo. De haber habido autos, sin duda me habrían atropellado por haber perdido el piso al verte, pero más al haber recibido una sonrisa, porque tu sonrisa es como la vida misma, a pesar de no ser recta y tener muchos vaivenes y curvas, lados buenos y malos, es hermosa, y sonríes con los ojos, que se empequeñecen entre más feliz estás, como los míos. Y así, en cámara lenta, transcurre todo esto, y veo mi vida pasar, porque sé que ahora he muerto, y he renacido a la vez, porque me has encantado y sigo caminando, pensando en cómo te llamas, en cómo detenerte. En cómo hablarte. Y me decido, me doy la vuelta y no te hallo, te busco con la mirada y no estás, y subo las escaleras y sigues sin estar, pero está sonsonete, y le hablo no porque quisiera saber de él, sino porque al saber cómo se llama tu stand, podré saber tu nombre. El pobre chico, tan servicial, pero bobo no se da cuenta que no me interesa comprar, que quiero saber su cuenta de Instagram para poder hallarte, porque la has de seguir y lo hago, y lo haces y ahí estás y tu nombre cobra más relevancia porque ese nombre iba a ser mío, ese nombre va con el mío, ese nombre es el que uso como pseudónimo, con ese nombre estoy en redes, ese nombre es tuyo, y es mío, así como mi mente, mi emoción, mi corazón, nuevamente estoy sintiendo, y no quiero dejar de hacerlo, no quiero que esta riqueza se diluya, quiero que sea tuyo, enriquezcámonos, juntos, llenémonos de besos, de pasión, de vida. No quiero que dejes de sonreír, porque has llenado de riqueza mi alma y quiero que así siga siendo. Me decido a seguirte, y saludarte, «¡Hola, Chico de sonrisa encantadora!»

*Mocambo es una palabra con una gran importancia para Veracruz, tanto histórica como culturalmente, proviene del portugués y se usaba en Brasil para referirse a los asentamientos de esclavos africanos fugitivos, es por eso que está relacionada con la fuerte presencia de la comunidad afrodescendiente del estado.

En la actualidad, Playa Mocambo (donde se dio este encuentro) es una de las más famosas de Boca del Río, Veracruz. Es un destino turístico importante por su arena dorada, aguas tranquilas y su cercanía con la ciudad de Veracruz.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.