[Title reference: Materialists (Celine Song, 2025)]

Hace ya unas semanas días apareció en X una nota sobre una influencer (una buchona cualquiera) a la que asesinaron en Jalisco junto a su familia, en esa publicación había una foto de ella —con su armario detrás— donde se observaban bolsas con los «grandes» logos, de esas bolsas de papel que te dan en boutiques y la gente a la que estoy por describir porta con orgullo, con una superioridad que, madre mía, no se ve en otro lugar. Y es que hay algo casi antropológico, digno de tesis, en observar cómo ciertos grupos, ciertas personas, abrazan las marcas como si fueran piel. No como ropa que te cubre, no como accesorios que resaltan algo de tu personalidad, sino como identidad. Gucci, Versace, Louis Vuitton, Balenciaga, por mencionar algunas, que ya de por sí son nacas. Portan el logo estampado, o bordado, como si fuese un pasaporte que acredita su falso estatus, un letrero que dice «mírame, existo, valgo». Semejantes logos, nacotes —sin gusto—, sin gracia. Vulgares. Que solo demuestran que mientras más grande el logo, más pequeño parece el amor propio que se tienen.

He visto este fenómeno repetirse varias veces, es algo propio de ciertos grupos, pero principalmente: las buchonas y algunos gays. Ambos llevan las marcas como bandera, como armadura, como máscara. Ambos creen que ser vistos equivale a ser queridos. Ambos confunden «parecer» con «ser», pero los matices son fascinantes, y las diferencias son, hasta de cierta manera, crueles revelaciones.

Una «bella» vitrina ambulante

Es común ir a ciertas rancherías, pueblos, y ver adolescentes bonitas, cuyas edades oscilan entre los 14 y los 17 años, estas mujeres saben que en su lugar no tienen un buen futuro, no tienen algo mejor que esperar y muchas veces se van con la finta de lo fácil, de lo que sólo por ser bonitas creen que les toca. No es como que busquen, por ellas mismas, buscar su bienestar (ir a la escuela, buscar ir a otra ciudad y estudiar la universidad), no. Tienen que llegar Kevin o Brayan, de mayor edad, para llevárselas, para darles la vida de muñecas, de reinas, que creen merecer. Al exagerar su vestimenta, su maquillaje, su modo de vida recién adquirido, las buchonas suelen vivir para ser vitrina. No es un juicio moral, es casi una ecuación matemática: encontrar un novio que les pague los lujos, salir de casa, y exhibirlos como si fueran méritos propios. Uñas kilométricas, viajes en avión privado, bolsos de diseñador, zapatillas con las que resulta imposible caminar. Todo a cambio de un «porque sí». Porque ser «bonita» —o saberse vender como tal— es suficiente.

El pacto ahí está, gritando, ellas no buscan ser pareja, compañeras de vida o iguales de sus novios. No se trata de construir juntos una relación sana de pareja, sino de exhibir y exhibirse, esto es lo que mi novio se come y por lo que me da todo lo que tengo y quiero. La relación es una vitrina en Instagram: ella muestra, él paga. El supuesto lujo al que han accedido no es un símbolo de esfuerzo ni de triunfo personal, sino un disfraz del vacío. Y lo curioso es que, en muchos casos, les funciona. A ellas no les importa parecer interesadas, se enorgullecen de serlo.

Un logo que grita «veme»

Los gays, en cambio, siguen otra ruta. Existe en ellos —y no quiero decir nosotros porque no me considero dentro de este grupo— una necesidad de aceptación y validación demasiado fuerte que los hace gastar, hasta lo que no tienen, en ropa de marca, vistosa, para diferenciarse de los demás. Se trata de marcar territorio con logos indiscretos, de presumir cinturones Versace o camisas o tennis Gucci (en lo personal, la marca más naca del universo). Se trata de armar y portar un disfraz, o una armadura, que los hace creer que «gracias a la marca» todos esos insultos que recibieron de niños, esos rechazos que han recibido por parte de sus seres cercanos, o los rechazos dentro de su misma «comunidad», serán borrados y jamás volverán a recibir.

Creen que por el solo hecho de vestir algo que desde su origen quizá no habrían vestido, la gente los verá distinto; creen que por pasar el fin de semana en bares, antros, albercadas, que terminan en orgía, por tomar el alcohol gorreado, la botella ajena presumida en la foto en Instagram,  creen que por ser más perras o jochis, creen que por ese instante donde intentan brillar, están demostrando haber superado, en muchas ocasiones, su precariedad de origen, que han superado los rechazos, que han superado el haber sido burlados en su niñez, en su adolescencia, pero no es así, en el fondo, lo único que quieren —y que siempre han querido— es ser vistos, ser escuchados, ser amados.

Las marcas, sustitutas de los valores

Lo triste no es que gasten, ni que quieran presumir, ni que usen marcas, a fin de cuentas, ¿a uno qué en qué despilfarran sus ingresos? El problema es cuando creen que esas marcas, esas salidas, que el subir todo a Instagram y tener likes, sustituye al amor que por el simple hecho de existir deberían sentir y tener. Cuando creen que sólo así son vistos, validados, deseados, no por ser ellos, por ser ellos mismos.

Lo interesante aquí también es el desdén que esta «obsesión» provoca hacia otras cosas más importantes, como los valores, los principios que nos inculcan desde niños, el pudor que uno aprende a tener. Todo eso se evapora, no les importa, porque piensan que nadie lo nota, que eso no vale, para ellas y ellos lo importante es la foto con el logo visible, ser «mejor» que las y los demás. Y es que, seamos honestos, ¿cuántos gays y buchonas han cambiado principios, amistades o incluso parejas por un estilo de vida que no podían sostener por sí mismos? ¿Cuántos han aceptado ser mantenidos por sugar daddies temporales, sabiendo que la fecha de caducidad llegará cuando les aparezca alguien más joven, más guapo, más «mostrable»?

La moral y los pocos valores que aún pudiesen tener se esfuman cuando el deseo de tener y pertenecer pesa más que la dignidad. Y esto no lo digo con superioridad, sino con tristeza, porque lo que debería unirnos —la búsqueda de amor, de compañía, de ternura, de amistad— termina siendo reemplazado por mercancías y logos.

Lo que hay detrás, en ambos casos, es un vacío. Una herida sin sanar. Unas por vivir en la pobreza, rodeada de quiénsabecuántascosas y otros por el rechazo, por la no aceptación, y muchas veces la misma no autoaceptación. La sensación de invisibilidad: las buchonas creen que sólo ser bellas basta, y que su belleza merece ser premiada. Los gays creen que sin una prenda cara, o sin un «buen cuerpo», no serán vistos por los suyos. Ambos buscan lo mismo: ser reconocidos, notados y amados.

¿Quién les dijo que valen menos si no lo consiguen? ¿En qué momento nos convencimos de que sin marcas, sin viajes, sin conciertos, sin fiestas somos nadie? Quizá lo único que nos queda es preguntarnos qué se está comprando en realidad. Es como cuando dicen Starbucks no vende café, vende experiencia (sí, también estoy harto), que igual al pobre Starbucks lo agarran como quieren, vasos por aquí, vasos por allá y en la fila ni saben qué pedir. A veces quisiera saber qué sienten las personas al adquirir estas marcas, cuál es su llene, qué les hace pensar, en verdad, quisiera saberlo para no verlos desde este lado. Contrario a ellos, en mi caso, lo que más quiero es que las marcas no se noten, que no se sepa qué visto, qué calzo, qué como, qué bebo, pocas veces subo/comparto lo que voy a comer, ¿cuál es el chiste? ¿Por qué darse tanto a notar cuando es tan bonito pasar casi desapercibido? Y, aparte, dar publicidad gratuita a los restaurantes. No, gracias.

¿De qué sirve vestir un vestido pegadito de alguna marca cara si al final una chica vestida con algo más sencillo se ve mejor? ¿De qué sirve estar súper mamadísimo y vestir camisas pegaditas con las marcas vistosas si al final el chavo con un cuerpo más atlético se ve mejor con una simple camisa blanca o celeste? ¿En qué les llena? Al contrario, muchas veces sólo incrementa su vacío y, lamentablemente, su resentimiento. Un tema que estaría bien tocar después. ¿Entonces? ¿De qué sirven esas bolsas de papel que tanto ostentan y guardan con orgullo? De nada, porque están igual de vacías que ellas y ellos. ¿Quiénes son sin eso? La respuesta debería ser obvia: alguien valioso, digno, completo. Pero no, no lo son. Tristemente. Porque han dejado a un lado lo que de verdad ha importado: aceptar su origen, su historia, abrazarla y usarla como motor para progresar, no como motivo de vergüenza, aceptar quiénes somos, vivir con esa verdad y portarla con orgullo hace que los ataques y el rechazo se nos pase por largo, sin importancia.

¿Qué es el lujo para mí?

Si algo tiene la película a la cual hace referencia el título de esta entrada es que me hizo pensar, ¿qué vale más? El tener todo lo que queramos sin sentirnos satisfechos o tener amor, tanto propio como de otros, aún sin tener tantos lujos. ¿De qué vale estar con alguien, en el caso de las buchis, que sólo las quiere por puro sexo, por puro escaparate? ¿De qué vale sentirse cada vez más vacío? ¿De qué sirve pasar cada fin de semana de antro en antro, de orgía en orgía si al final estás en casa sintiéndote solo? ¿De qué sirve matarte en el gimnasio si al final serás uno más? Si nadie te admira por lo que sabes, o vales.

El verdadero lujo no es la bolsa, la camisa, el cinturón, los zapatos, ni la fiesta con champagne regalado, ni las fiestas en lanchas —yates, les dicen—. El verdadero lujo es tener a alguien que te abrace cuando llegas cansado, es ese café compartido en la mañana, ese cuerpo que abrazas y no quieres más, el verdadero es sentirte igual que con esa persona aunque sólo estés contigo, que te sientas en paz, el lujo es saber que eres visto, escuchado y querido, incluso sin una marca encima, sino por lo que sabes, piensas, conoces. El lujo de no llamar la atención, de pasar desapercibido y disfrutar de la vida, de tu tiempo.

El lujo es saber que, pudiendo tener las cosas, no te hacen falta. Que te sientas satisfecho con lo que ya tienes, con lo que vistes, calzas, que lo portes con orgullo por habértelo ganado, trabajado. El lujo de saber que tienes a una persona que te entiende, apoya, comprende —aunque a veces ni tú lo hagas— que te amará sin cambiarte una coma, así como diputados de morena, te amará y respetará por ser tu mismo.

Y ese lujo, ese verdadero lujo, no se compra con dinero, ni con propiedades, ni con el dinero del novio, ni con el del sugar daddy, ni con el de la tarjeta de metal. Se compra con tiempo, con afecto, con honestidad.

Y ahí está la paradoja, lo más caro de la vida, lo que más buscamos, lo que más necesitamos, es eso que no tiene precio.

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