[Title reference: Inglourious Basterds (Dir. Quentin Tarantino, 2009)]

7 de octubre, 2023. Nos despertamos con imágenes imposibles de borrar —niños asesinados, mujeres violadas, civiles masacrados, quemados vivos, decapitados—, una parte de la humanidad pareció recordar lo que significa el mal, el terror en estado puro.

Ese día, el terrorismo de Hamás mostró su rostro más brutal. No hubo ambigüedad. No hubo contexto que lo justificara. Solo barbarie, en su forma más pura y medieval. Y, por un instante, el mundo se detuvo. Por un instante, Israel tuvo razón. Por un instante, fuimos capaces de ver.

Pero duró poco.

En días, la balanza moral se volteó. Los titulares cambiaron de tono. La narrativa se torció. Israel, el país que sufrió el atentado terrorista más grande contra judíos desde el Holocausto, se convirtió —para la opinión pública y los activistas de sofá— en el villano. De víctima a verdugo, ¡en tiempo récord! Es que es para reflexionar, eh.

La izquierda digital, esa que hoy vive para indignarse más que para comprender, encontró en Gaza su nuevo «símbolo de lucha». Y entonces apareció el eslogan: “#FreePalestine”. Pero no como una propuesta política o un diálogo informado, sino como un mantra hueco, sin historia, sin contexto, sin conocimiento. Vamos, enorgulleciéndose de vivir con una crisma vacía. Como una forma más de pertenecer al club de los quedabieniestas.

#FreePalestine, pero vamos, ¿free de qué?

¿De Hamás, que gobierna Gaza con puño de hierro, silencia disidentes, reprime mujeres, ejecuta homosexuales y adoctrina niños con odio desde los seis años y los usa como escudo humano?

¿De Irán? Que financia al grupo terrorista mientras encarcela y ejecuta a mujeres por no cubrirse el cabello. ¿De su propia cúpula corrupta? Que desvía ayuda humanitaria para construir túneles de muerte.

¿De Israel, que no es perfecto —ningún país lo es— pero que tiene un Estado de Derecho, elecciones, derechos para mujeres y comunidad LGBT+, donde árabes israelíes votan, tienen diputados y acceso a la misma salud y educación?

La respuesta, lamentablemente, no importa. Nadie lo sabe. Y peor aún, nadie quiere saberlo.

Porque esto no va de hechos. Va de símbolos. Va de posicionamientos. Va de estética moral. En una era donde todo se mide en likes y alcance, apoyar la causa «correcta» ya no es un acto ético, sino un acto de supervivencia social. Y hoy, ser «pro-Palestina» es una medalla de empatía fácil, aunque lo que estés apoyando sea un régimen que te mataría por ser quien eres.

No exagero. La paradoja es tan obscena como real: en Gaza, ser gay se castiga con cárcel o muerte. En Irán, que financia y arma a Hamás, ahorcan homosexuales en público. Y, sin embargo, miles de personas de la comunidad LGBTQ+ marchan hoy ondeando banderas palestinas. No por ignorancia (aunque también), sino por necesidad de aprobación. Porque no se puede ser parte del rebaño digital sin repetir los mantras del momento.

Porque no se trata de entender, se trata de posicionarse. De que tu Instagram se vea comprometido, de tener una historia con fondo rojo y tipografía blanca que diga from the river to the sea —sin saber que esa consigna no es una invitación a la paz, sino un llamado abierto al exterminio de Israel.

Sí, así de claro: exterminio.

Y aquí está el corazón del problema. No estamos ante una diferencia política. Estamos ante un nuevo antisemitismo, envuelto en los ropajes del progresismo. Un antisemitismo que no se atreve a decir «odio a los judíos», pero que grita «odio a Israel» con una sonrisa de superioridad moral. Un antisemitismo que se siente justo, pero que solo recicla los mismos odios de siempre con hashtags nuevos.

¿Acaso alguien se detiene a pensar en lo que implica llamar «nazis» a los israelíes?

Israel —el único Estado judío del mundo, fundado por sobrevivientes del Holocausto— ha tenido que soportar que le digan «genocida» mientras entierra a sus muertos, mientras lucha contra una organización terrorista que viola todos los convenios de Ginebra, mientras intenta defender a su gente sin rendirse al odio.

No hay mayor contradicción moral que esa: acusar de nazismo al pueblo que nació del dolor de Arbeitsdorf, de Auschwitz, de Birkenau, de Chelmno, de Mauthausen. No hay mayor perversión de la memoria histórica que banalizar el Holocausto para ganar puntos ideológicos en redes. Diciendo, incluso, que Hitler tenía razón. Sólo por decir algo, yo no estaría aquí escribiendo esto si Hitler hubiese tenido éxito.

Y, sin embargo, aquí estoy, aquí estamos. En un mundo donde miles marchan «por Palestina», sin haber leído una sola línea del conflicto. En universidades donde se cancelan conferencias de académicos judíos. En festivales de cine donde se silencia a directores israelíes solo por existir. En redes donde un adolescente todo idiota con iPhone dicta cátedra sobre geopolítica en 30 segundos. Una parte del mundo ha normalizado el odio contra Israel. Y eso, como judío o no, como conservador o progresista, debería alarmarnos a todos.

Pero a México… parece no importarle.

O, peor aún…

México parece no importarse a sí mismo

Desde 2018 a la fecha, más de 200,000 personas han sido asesinadas en el país. Cárteles que gobiernan territorios completos. Periodistas ejecutados a plena luz del día. Niños alcanzados por balas perdidas. Familias desplazadas. Comunidades enteras viviendo bajo terror. Y un gobierno que insiste en llamarlos «abrazos, no balazos».

¿Dónde está la indignación? ¿Dónde los filtros con la bandera mexicana? ¿Dónde las protestas masivas? ¿Dónde el grito por justicia?

La respuesta es: México no vende.

No genera clicks. No moviliza influencers. No activa el algoritmo. Porque el horror aquí es constante, y lo constante deja de ser rentable. Aquí, la muerte es tan diaria que nos dejó de importar. Tan sólo como veracruzano, estoy acostumbrado a los desmembrados en la calle, a los colgados de los puentes, a los muertos en tráileres, a los secuestros, robos, asesinatos, a las violadas. Viví una adolescencia, de por sí robada (después abordaré eso) donde había que cuidarnos de no pasar por donde había balaceras, sin ir a la escuela por miedo a que nos levantaran. Y, lo que es peor, preferimos indignarnos por causas ajenas para no mirar la propia ruina.

Es más fácil postear sobre Gaza que exigir seguridad para Culiacán. Es más cómodo acusar a Israel de crímenes de guerra que reconocer que vivimos en un narcoestado que protege terroristas con fuero político. Es más atractivo sumarse al “Free Palestine” que alzar la voz por los 43 de Ayotzinapa, por las niñas de Ecatepec, por los desplazados de Zacatecas, por las madres buscadoras que escarban con sus propias manos la tierra para encontrar huesos, por el campo de exterminio de Teuchitlán.

Y no, no es porque las otras causas no merezcan atención. Lo que es inmoral es que solo prestemos atención cuando es “cool” hacerlo. Como las mamás o tías que hablan del hijo gay de las amigas sin ver al que tienen en la casa. Lo que es imperdonable es la frivolidad con la que se toma partido sin entender, sin leer, sin cuestionar.

¿Qué nos pasó como humanidad?

Vivimos en una era donde el dolor solo vale si es compartible. Donde la empatía se mide en vistas, en alcances, en shares. Y miren, que a eso me decico. Donde ser «bueno» ya no significa hacer el bien, sino hacerlo y filmarse haciéndolo para quedarbien. Atrás quedó el «que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha». Y el resultado es esta masa amorfa de quedabienismo digital: gente dispuesta a apoyar cualquier causa… siempre y cuando no implique esfuerzo, ni contradicciones ni, mucho menos, pensamiento crítico.

Nos creemos más conscientes, más empáticos, más solidarios. Pero somos más vacíos, más inconsistentes, más adictos a la moral desechable. Como diría Zygmunt Bauman, estamos en la era del amor líquido, pero también del dolor líquido, del compromiso líquido, del yo solidario líquido. Todo se evapora al primer scroll.

Lo verdaderamente desgarrador no es la muerte. Es el olvido. La amnesia voluntaria. El ciclo eterno de indignarse, postear, y olvidar.

La causa de Israel quizá no es perfecta. Ninguna lo es. Pero es una causa justa: un pueblo que ha sido perseguido por siglos, que logró construir una democracia en el Medio Oriente, que ha ofrecido paz una y otra vez, que ha sido atacado cada vez que se ha retirado de un territorio, y que aún así sigue defendiendo la vida, la ciencia, el arte, la libertad.

Israel no es un régimen de ocupación. Es un bastión de civilización en una región plagada de tiranías. Es un país donde conviven judíos, musulmanes, cristianos, laicos, ateos, LGBTQ+, religiosos, conservadores y progresistas. Es un país imperfecto, sí, pero humano. Y por eso duele tanto verlo vilipendiado por quienes no han leído ni una línea de historia. Y, en lo personal, más me duele que México no lo entienda. Que no se pronuncie. Que no defienda la causa israelí, como lo ha hecho Israel por México una y otra vez: enviando ayuda humanitaria tras los terremotos, abriendo sus puertas a estudiantes, a empresarios, a cultura. Israel ha sido un aliado silencioso. México, en cambio, ha optado por el silencio cobarde.

Mientras tanto, seguimos exportando activismo de plástico, luchas de ocasión, posturas sin alma. Nos estamos quedando sin humanidad. Y no por los conflictos, sino por nuestra forma de reaccionar ante ellos. Nos volvimos incapaces de sentir si no hay WiFi. Nos volvimos cínicos con cara de compasivos. Nos volvimos espectadores que creen ser protagonistas por postear una bandera. Y en ese proceso, perdimos el centro. Perdimos la verdad. Perdimos la coherencia.

El quedabienismo es la droga social de las masas digitales. Un fenómeno emocional donde el acto moral no se mide por sus consecuencias, sino por su capital simbólico. No importan los hechos, importa cómo te ves al comentarlos. No importa si entiendes el conflicto, importa si estás en el lado que más personas aprueban. La moral ha sido sustituida por el algoritmo, y la conciencia, por el filtro.

Esto no es nuevo. Pero es más evidente, más obsceno, más viral que nunca. Antes, para ser un hipócrita, había que tener algo de talento, actuar bien, sonreír de manera estúpida. Hoy, basta con tener un perfil de Instagram y saber usar Canva. Mínimo.

Hoy, más que nunca, hay que tener el valor de sostener una postura impopular. Hay que defender a Israel no porque sea perfecto, sino porque es justo. Hay que mirar a México no con resignación, sino con urgencia. Y hay que recordar que ser humano no es postear lo que toca, sino sentir lo que duele, aunque no dé likes.

Y bueno… ¿alguien aún se acuerda de Ucrania? No los culpo si no.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.