[Title reference: À la recherche du temps perdu, Marcel Proust, 1913]

Uno no siempre extraña lo que hemos vivido, esos recuerdos que nos llegan incluso sin el aroma de una magdalena, simplemente con lugares, con nombres, con sonidos. No. A veces, lo que más se extraña, y no sólo lo extrañamos, sino que nos duele y lacera, es aquello que, por distintas circunstancias, pero siempre ajenas a nosotros, se nos negó vivir.

Durante mi adolescencia, y la de muchos hombres homosexuales de mi generación —nacidos a inicios de los noventa—, o de las anteriores, hubo algo que simplemente no estuvo: la posibilidad de ser quienes realmente éramos sin miedo, sin culpa, sin disfraz. Crecimos en una época donde aún se hablaba de «desviación», donde el insulto era norma, e incluso estaba normalizado el escuchar estos insultos o estas ideas retrógradas y estereoripadas sobre la homosexualidad, donde el silencio se confundía con normalidad. Así, en silencio, aprendimos a mirar con cuidado, a callar lo que sentíamos, a sospechar incluso de nosotros mismos, cualquier paso en falso podía delatarnos.

A los doce —a finales de la primaria, otros a inicios de la secundaria—, ya sabíamos, o al menos yo, que algo era distinto. No lo nombraba, no porque no supiera qué era, sino porque no sabía cómo hacerlo, cómo externarlo, o a quién, pero lo sentía. Mientras todos hablaban de las niñas que les gustaban, de las ganas que tenían de cogerlas, uno empezaba a preguntarse si había algo mal dentro de sí porque a pesar de que en mi caso las niñas se me hacían bonitas, jamás se me antojó verlas de manera sexual. Al contrario, recuerdo muy bien a aquellos chicos quienes, sin pensar en algo sexual, deseaba estar cerca de ellos, que me notasen, que fuésemos amigos. Al principio, con la inocencia de quien no ha sido herido aún. De quien no ha vivido. Después, con el dolor de quien empieza a entender que eso que desea no está permitido.

Y así, se nos fue imponiendo una adolescencia a medias. Una adolescencia donde no podías escribirle una carta al chico que te gustaba. Donde si escribías su nombre en la libreta tenías que borrarlo inmediatamente. Donde vivías a través de lo que te contaban tus amigas. Donde no podías tomar de la mano al que te hacía temblar. Donde el amor se imaginaba siempre desde la fantasía, desde lo imposible, lo melodramático, lo telenovelesco. Mientras los demás vivían sus primeras veces, nosotros aprendíamos a mirar desde la orilla. Desde lo lejos, desde detrás de la palma como Juan Gabriel. A fingir que sentíamos lo que no sentíamos. A aceptar, en silencio y, con mucha resignación, que lo nuestro no tenía cabida.

Algunos intentamos convencernos de que cambiaríamos. De que nos gustaría lo que no nos gustaba, de que seríamos «normales». Otros, nos alejamos de nosotros mismos para no doler tanto. Y cuando por fin llegó la primera vez —el encuentro íntimo, la entrada al deseo carnal— no fue algo sagrado ni alegre. Fue torpe, solitario, desconectado. Como si no fuera realmente nuestro. Como si fuera algo que teníamos que hacer para comprobar que al menos podíamos. Algo que no se recuerda con gusto, sino con un «mmm, pues fue». Algo que tenía que pasar porque por la edad ya lo ameritaba, pero no fue como me hubiese gustado. Como lo hubiese gozado. Y, junto con eso, la sensación de haber llegado tarde a todo: al amor, al cuerpo, al mundo.

Y lo que más dolía en el fondo, en la entraña, en eso que no sabes si es corazón, mente, cuerpo o, si en verdad existe: alma, no era solo no haberlo vivido, sino haberlo deseado con toda esa alma y tener que negárnoslo. A los quince, a los dieciséis, a los diecisiete, queríamos vivir como los demás. Queríamos ir a la casa del novio, quedarnos a dormir con él, ver películas abrazados, hacer tarea juntos mientras nuestras piernas se rozaban debajo de la mesa. Esas salidas al cine, la espera eterna con la manos sudadas. Salir a los restaurantes, estar, ser, desear con alguien. Queríamos amar sin condiciones, ser uno con otro chico. Queríamos ser visibles. Queríamos ser parte. Quise ser.

Pero no podíamos. Así que aprendimos a quedarnos solos. Crecimos mirando cómo nuestros amigos se tomaban de la mano de sus novias en la calle, y nosotros bajábamos la mirada. Íbamos al cine y veíamos parejas acariciarse entre luces tenues, mientras nosotros nos sentábamos solos, como si estuviéramos esperando a alguien que nunca llegó. Y lo peor es que a veces, incluso ahora, ya adultos, esa silla vacía sigue ahí (al menos en mi caso). Porque hay heridas que crecen con uno, que aunque pase el tiempo, los años, arrastramos esa herida, ese dolor, esa soledad, esa eterna compañía de nosotros mismos, porque aprendimos a estar solos por necesidad; la necesidad de sentirnos seguros, de no confiar y arruinar nuestra vida, el miedo a que nos fuesen a correr de nuestra casa, porque nunca la sentimos hogar. Porque en un hogar no mientes, te aceptan como eres, te dejan ser. Y no era así.

Y hoy, mirando hacia atrás, no siento vergüenza. Siento lástima. No por lo que fui, sino por el que no fui, por lo que no me dejaron ser y tener. Me hubiera gustado poder invitar a ese chico a la graduación. Antonio. Toño. Me hubiera gustado besarlo en el patio, en el pasillo, sin pensar si alguien nos estaba mirando. Me hubiera gustado vivir un noviazgo adolescente —torpe, dramático, cursi, hormonal— sin tener que traducirlo todo en secreto. Sin tener que decirle que me gustaba sólo con la mirada, sólo en silencio.

Y también me hubiera gustado haber descubierto mi sexualidad de forma libre, sin miedo, sin prisa, sin castigo. Explorar el cuerpo del otro como quien abre un libro que quiere leer lento. Con deseo, sí, pero también con risa, con juego, con ternura. No haber tenido que aprenderlo todo a golpes. No tener que hacer de la intimidad un campo de batalla. No tener que disociar entre lo que me excita y lo que merezco.

Quizá por eso, ya en la adultez, muchos de nosotros buscamos reconstruir eso que no fue. Nos enamoramos tarde. Jugamos tarde. Queremos relaciones lindas, ingenuas, casi juveniles, a pesar de estar ya en los treintas. Nos aferramos a la adolescencia no para quedarnos en ella, sino para tener, al fin, la oportunidad de vivirla. Aunque sea en poquito. Aunque sea un poquito de ese poquito.

Y no es inmadurez. Es justicia emocional. Ver hoy a las nuevas generaciones me conmueve, pero también me rompe. Me alegra, y me mata. Porque veo chicos que se permiten amarse desde temprano. Que tienen referentes. Que tienen palabras. Que tienen espacio. Que tienen visibilidad. Yo no tuve eso.

No tuve libros de temática gay, no tuve personajes gay en la televisión o en el cine, y los que había eran pura basura que satirizaba al homosexual para hacerlo parte de la burla colectiva nacional. El típico «puto» que es peluquero, que se viste de rosa y habla como niña, como Agapito, Carmelo, Paul, o Pablo Cheng. Esas eran nuestras referencias. Nadie que pudiésemos decir a nuestros papás «Miren, soy gay, pero soy como él» y señalar a alguien que inspirase respeto y admiración. Yo no tuve una historia de Heartstopper (pero viví con el Heartstopped), no tuve un referente de Call Me By Your Name, que cuando la ví me partió el alma. No tuve un Fank Underwood, o un Dumbledore, no había. Y justo no por eso voy a negar mi deseo de tenerlo ahora, mi deseo de sí, tener algo bien, sano, bonito, a pesar de saber que cuesta, que el amor no siempre es todo lindo, que habrá más llantos, enojos, que mi amor ahora es maduro, que entiende, que razona, que si bien no viví las cosas lindas en la época perdida, puedo vivirlo ahora. A pesar de mi edad.

Deseo una relación donde pueda volver a ser vulnerable sin miedo. Donde pueda decir «me gustas» y sonreír con pena e inocencia, sin que se me corte la voz, sin tener miedo a lo que venga después. Donde pueda compartir una cama no solo por placer, sino porque quiero quedarme. Acurrucarme y sí, también sentirme protegido, no sólo proteger. Quiero amar a un hombre como me hubiera gustado amar desde los quince: con hambre, con ternura, con el descaro de quien no teme que lo vean.

Quiero coger con amor. Quiero amar con deseo. Y no tener que elegir entre uno u otro.

Porque sí, nos robaron una etapa. Se nos robó la adolescencia y el tiempo. Pero no nos robaron la capacidad de sentir. Ni las ganas de encontrar algo verdadero. Y aunque el adolescente que fui nunca regrese, yo sigo creyendo que el abrazo que él necesitaba, y tanto anhelaba, puede llegar todavía. Aunque sea tarde. Aunque no se parezca a lo que imaginé. Aunque ya no tenga lockers, ni uniforme, ni una graduación a la cual ir. Sé que puede llegar.

Solo que esta vez —si llega— será algo mío.  Enteramente mío.

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