
Regresé a Veracruz después de casi un año de no pisarla.
Desde la llegada, la terminal de autobuses me pareció extraña, la primera, la más visible, es que la están remodelando, se ve sucia, por las razones propias de los trabajos, pero hubo algo más que me causó extrañeza en su manera de recibirme: ya no era la terminal que me daba la bienvenida, que me decía «respira, ya estás en casa», al contrario, la sentí como esas veces en las vas a casa de alguien, pero desde el comienzo comienzan a ver el reloj, como si trajeran prisa, o algún compromiso extra que les apresura y, por ende, apresuran tu estancia. Si bien tenía ganas de caminar y pensar, tenía ganas también de ser aceptado, de sentirme nuevamente en ese lugar al que durante años fue mi casa, mas no mi hogar, y cuando pensé que sería mi hogar, no lo fue más. Tenía ganas de reconectar con ese pasado que fue, pero que la vida y Dios me han dicho que ya no será.
Entre que pensaba qué comería, qué haría o si acaso le escribiría a alguien para verle, me llegó otro momento de reflexión en el que si nadie de esas personas te ha escrito en cierto tiempo es porque no merecen estar tanto en tu vida, y si sí, es para ocasiones ajenas a una celebración pre cumpleaños. Y aunque a veces puede llegar a sentirse un poco de nostalgia por esos momentos que se vivieron, lo que duele no es tanto el recuerdo sino de cierta manera la decepción al pensar o expectar que la gente sea contigo como lo has sido con ella, y te pones a pensar si en verdad, en este tiempo en el que todo transcurre de manera superficial y la gente no le da la importancia a ir regando estas amistades, vale la pena mantener las relaciones, o si solo se mantienen de cierto lado, porque aunque estés todo el día ocupado, así tengas muchísimas obligaciones, siempre, diario —a menos que sufras de estreñimiento— vas al baño. Y tardas más en ver un reel que escribir un «¡Hola!» a esa persona que tiene tiempo que no ves, y entre que le escribes y no, el tiempo pasa, las horas, los días, las semanas, y el tiempo no perdona, la vida no perdona, Dios podrá hacerlo, pero esos dos no, y los dejamos pasar, el tiempo y la vida, entre orgullos, entre sentidas, entre miedos a veces de decir lo que sentimos, porque esa ha sido otra razón para regresar, el miedo a enfrentar lo que tanto siento, lo que tanto me ha dolido, y lo que sé me habrá dado, en algún momento de la vida, la oportunidad de volver a escribir una nueva historia. Porque así como hace siete, ocho, años escribí una, ahora podré otra, y si bien se sabe que soy un hombre que, si bien he tenido suerte en el plano físico, en lo emocional no me ha ido muy bien, en lo sentimental, la vida me queda a deber y con intereses, porque siempre me enamoro, y no solo de uno, de varios. Me encanta enamorarme, amo enamorarme, porque hay mucha gente hermosa, genial, inteligente, bella, ¿por qué enamorarnos y amar a solo uno cuando podemos hacerlo con varios que merecen la pena? ¿O no? ¿Por qué seguimos pensando que amar a uno, estar enamorado de uno, es lo más genial del mundo?
Dejar que nuestro mundo se enfoque en solo uno, porque cuando eso pasa, cuando nos vamos más allá de lo que nuestro límite es capaz de hacer y la otra persona no se decanta por nosotros, comienza el sufrimiento, el llanto, la soledad, la amargura que poco a poco nos va llenando el cuerpo, que sentimos cómo la sangre se convierte en un líquido parecido al petróleo y que nos va quitando el color para sentirnos personas grises, personas que no queremos saber más del otro, porque el simple hecho de saberlo, de saber que es feliz con alguien más, que abraza a alguien más, que duerme y despierta con alguien más, y, peor aún, que ve en alguien más todas —sí, todas— las cosas que tú tienes, que las cosas que le gustan del otro están en ti, y aún así no las vio o no las quiso ver, duele. Duele porque sí llega, y más si eres como yo, te da en el ego, no tanto que no te hayan «elegido», porque no está uno para que lo escojan o elijan, ni que fuésemos qué, pero cuando es una relación que has venido construyendo con los años, que vas dejando todo en orden y que, en meses, llegue un estúpidito recién legal a quitarte todo lo que has trabajado, y que el tipo, a quien creías inteligente se torne en un completo estúpido por su enclenque novio, sí arde.
Y a veces, de la nada, y frente al mar nos sale un grito que tenía tiempo de estar ahí guardado, que tenía tiempo de querer salir, de querer ser escuchado, que ya no aguantaba más el encierro y, junto con él, las lágrimas, las lágrimas de todo aquello que has vivido, pero que te han hecho más fuerte, más humano, más empático, pero, a la vez, más duro, más sensato, más firme y más maduro. En dos palabras: más hombre.
Y es ahí, en ese momento de liberación, en el que aceptas. Aceptas que la vida y Dios te han dado lo que te hace falta —no lo que quieres—, lo que te hará un mejor hombre, un mejor hijo, un mejor amigo, un mejor novio, un mejor hermano, un mejor tú. Y ser mejor no es sólo complacer, decir sí a todo, querer quedar bien, ser mejor es saber decir «no» sin miedo, saber poner límites, tratar a la gente con firmeza y con respeto, no es agradar sino ser realmente congruente con lo que dices y haces, es ir —muchas veces— contra la corriente y defender tus pensamientos, tus opiniones, tomar decisiones y aceptar lo bueno o malo que te puedan traer, porque aunque parezca que las tomamos, ya están tomadas y así tuvo que ser.
Ahí aceptas y agradeces a las personas que han estado contigo, a las que amas, con las que hablas, con las que lloras, con las que ríes, con quienes la distancia no es impedimento para seguir en contacto, para conversar, para conocer, para querer. Ahí agradeces su cariño, ese regalo que te dan, porque los mejores regalos son los que vienen del corazón, no los que se compran con dinero.
Ahí agradeces tu salud, tus ingresos, tu techo, tu comida, tu cama. Agradeces todo, de rodillas, porque el grito y el llanto te tumbaron, te humildificaron, te humillaron hasta quedar de rodillas ante el mar y ante Dios, porque de Él ha sido el plan, ha sido Su voluntad la que ha hecho que estés donde estés, que sientas lo que sientes, que hagas lo que sea que estés haciendo porque ese es Su desginio y sólo Él sabe cuándo te subirá, cuando te dará Sus promesas, los regalos y dones que tiene para ti, y es ahí, frente a su mayor creación —que en mi caso es el mar— donde aceptas su otra mayor creación: tu vida.
Hoy recibo estos 33 años abierto para lo que Él decida hacer con mi vida, perdonando, sanando, pero sobre todo, y como lo haré siempre: amando.
Gracias a quienes han estado y seguirán estando, y a los que se vayan, gracias por lo que dejen, y los que ya no están, por lo que dejaron. Gracias, gracias, gracias.


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