[Title reference: The Girl with the Dragon Tattoo (Stieg Larsson, 2007]

No nos hagamos los puritanos, los santitos, los conservas. Las apps de ligue existen porque funcionan. Porque son necesarias. Porque cumplen una función que, nos guste o no, el mundo físico rara vez puede garantizarnos al hombre homosexual: seguridad, certeza y posibilidad.

Hay quienes insisten en satanizarlas, como si Grindr, Tinder, Scruff, Hornet, Bumble, o cualquier otra mutación digital del deseo fueran el inicio de la decadencia gay, el fin del romance, de la idea del alma gemela. Pero, en realidad, solo son espejos de lo que somos, o bien, de lo que no nos atrevemos a ser o decir en la vida real.

Porque a ver, seamos sinceros: ¿cuántas veces has sentido una punzada de atracción por un hombre en la calle, en el súper, en el gimnasio, en el vagón del metro, en el cine, en la librería o donde sea que veas una belleza masculina andante? A veces hasta parece que necesitamos un exorcismo por girar la cabeza como Regan cuando vemos un ejemplar importado de cualquier parte del mundo. ¿Y cuántas veces has podido acercarte y decirle «me gustas»? Exacto. Que si bien hemos aprendido a escanear con la mirada, a interpretar códigos no escritos —a olernos casi casi—, a sobrevivir en un entorno donde el rechazo a veces no solo duele, sino que puede ser hasta violento. Las apps, en ese sentido, son una bendición. Un radar silencioso. Un «sí, soy como tú… y puede que quiera lo mismo que tú» sin necesidad de palabras, sin el riesgo del puñetazo o la humillación. Imagínate que vas a decirle al que te gusta que te gusta y resulta ser hetero y pfff, el osazo que te has dado, o que sea el típico mataputos y te meta tremendo putazo, pues no, obvio no. Por eso digo que son una especie de «bendición».

Y sí, aunque están llenas de torsos editados —o naturales—, de hombres sin cabeza, de egos hipertrofiados, de frases cliché como “masc 4 masc” o «no afeminados», «no gordos», «no viejos», «no desearás a la mujer de tu prójimo», «no robarás», muchos más «no» y todo el chingao decálogo gay. Y sí, también los «hola» eternamente ignorados, los bloqueos sin explicación, y el desfile incesante de cuerpos que parecen gritar «mírame», pero no te tocan ni con un emoji. Entre todo eso, entre el ruido y el algoritmo, hay espacio para la verdad: porque entre la foto de cuerpo en el elevador y el «qué buscas» o «rol» a las 2:37 a.m., uno puede encontrarse con algo más que una fluida noche caliente. Puede surgir una conversación inteligente, una amistad que dura años, una relación real, un contacto de trabajo, incluso un socio para un negocio. Pasa. Lo he visto. Lo he vivido. Pero claro, eso no se publica (el porqué lo explicaré más abajo).

Tampoco falta los que llegan arrastrando los traumas de su niñez o adolescencia: los que no sabe aceptar un «no», o incluso el «no» que da el silencio, el que cree que todo gay le debe algo, el que convierte el rechazo en tragedia griega con toques de melodrama mexicano. Como si uno tuviera que gustarle a todo el mundo y todo el mundo gustarte. Como si tener una preferencia fuera ofensa personal. No, queridos. La atracción —en amor, en deseo o en amistad— no se impone, se siente. Y uno se siente atraído por lo que nos resulta afín, por lo que nos hace bien, lo que nos hace sentir cómodos. Punto. Y para todos hay, pero uno también debe saber a dónde tirar, tipo no voy a aplicar para un trabajo sobre finanzas o construcción si no sé ni madres del tema, ¿entiendes lo que quiero decir? O sea, uno debe tener claro hasta dónde podemos llegar, y sí, a veces está bien tirar alto, pero mijo, mínimo sé honesto contigo. Siempre me hago esta pregunta «Si yo fuese él, ¿saldría conmigo?» Si sí, pues va, me aviento y saludo, presento mis cartas credenciales (fotos) y espero que las respondan, si sí, pues qué bien y si no, pues también bien, porque ninguno está obligado a que le gustes, y qué mal se ven cuando reprochan el rechazo, wey, ve y tratate, por tu bien.

Y es que, vamos, yo digo cosas para reflexionar porque aplica para todos. Porque si algo urge dentro de nuestra «comunidad», (que como ya habrán leído, me caga ese término) dentro de nuestra población, es dejar de juzgarnos (y victimizarnos a la vez) con la misma dureza con la que el mundo nos ha juzgado. Basta de mirarnos con desdén por usar Grindr, Tinder, Scruff o cualquier otra, como si lo «digno» fuese conocer al amor de tu vida en la sección de libros de arte contemporáneo, o mientras pides un latte con leche de avena, o en el elevador atorado. Por favor. No nos mintamos: todos las hemos usado, todos las hemos explorado, todos hemos abierto la app «solo para ver qué hay cerca»… aunque sea en domingo de misa, quien quite y un buen prospecto nos sale en la fila para la hostia. Vaya, el sueño.

Y eso muchas veces es peor en ciudades pequeñas, por ejemplo, en la mía, Xalapa, que cuando he tenido mi perfil activo tengo que estar sin foto por dos razones: porque si te escriben y no reciben respuesta te empiezan a inventar chismes a más no poder —ya ni sé cuántas veces me han dicho sidoso, o que transmito el vih, siendo no reactivo— sólo porque los rechacé y, en segunda, porque incluso entre gays, que estés en Grindr te «quita» valía. Wey, no mamen, si bien sabido es que Instagram es el nuevo Grindr entre closeteros. A Tinder le dan un poco más de «seriedad», ¿qué seriedad puede tener también ser parte de un catálogo donde te swipean según el gusto, pero bueno, mínimo ahí no hay problema si no contestas ya que no pueden entablar conversación si no hacen match.

Usar una app de ligue, o el cómo te guste fornicar (con o sin condón; con ropa, sin ropa; con uno o con varios; con juguetes, sin ellos; con algún fetiche en especial), no te hace menos hombre, menos persona, menos humano. No te hace menos profundo, menos deseable, menos digno de amor. No hace que no merezcas tener una relación «bonita» de fotografías. No te convierte en una puta, ni en un vacío emocional con internet. Te hace humano. Tan humano como el que busca algo rápido porque tiene hambre de piel, ganas de besar, de sentir y ser sentido, o el que quiere conversar porque se siente solo, o el que simplemente quiere ver quién más está despierto, desnudo y vivo a las 3:12 a.m.

Porque en el fondo, detrás del sexo casual, del sexting, del ghosting y del eterno «activo o pasivo», todos estamos buscando lo mismo: una conexión que nos devuelva al mundo, un gesto que nos reafirme que existimos, una mirada que no se desvíe, una caricia que no se borre con el logout, un compañero para reír, llorar, ver películas, caminar, ir al súper, incluso a veces pelear, porque entre foto y foto, tap y tap, swipe y swipe, hay alguien que puede que te diga algo que te haga sonreír y te cambie el día, entonces sabrás que, aunque haya comenzado en una app, ese momento fue real. Tan real como el abrazo que, quién sabe, puede estar a un «Hola, ¿qué onda?» de distancia.

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