
[Title reference: The Social Network (Dir. David Fincher, 2010)]
Viviendo en un mundo completamente cercano al teléfono, y más en el ámbito en el que me desarrollo, lo primero que hago al despertar es —después de acariciar a Simba, mi mascota— es leer las noticias. Tengo de todas: Reforma, Universal, Milenio (La Jornada MDA) y locales como El Dictamen, Al Calor Político, La Silla Rota, la XEU, vaya, una fuente de noticias para que no se me pase una durante el día a día. Posterior a esto, checo Instagram, —esa manía de ver lo que hacen los demás, o mejor dicho, hacemos—, pero lo que sí de plano me saca de onda es la constante necesidad de atención de muchos.
Haciendo revisión de historias, wey, ¡no mames! Ni a tus papás le provoca tanto gusto tu cumpleaños como a ti, o sea, o es eso, o de plano compartir tantas historias de felicitaciones para que te feliciten y alaben por lo menos una vez al año sí es de otra cosita. Al menos así se me hace, ya que tiendo a ocultar la fecha de mi cumpleaños en las redes porque soy de la idea de que a la gente que realmente le importas se acuerda de esta fecha sin que las redes se la recuerden, eso se me hace demasiado hipócrita. Te digo, soy de las viejas formas, para mí basta un mensaje sincero (a partir de las nueve de la mañana) o una llamada, previo aviso, a esta persona, dependiendo su nivel de cercanía. Ah, pero no, ahora quieren notificar que cumplen años para que los feliciten «Hay globitos en mi perfil», sí, sí, ya sabemos ahora que cumples años.
Vivimos en una era donde la búsqueda constante de validación y atención parece ser una de las prioridades de muchas personas. Los likes en redes sociales, las comparaciones con los demás y la obsesión por la apariencia parecen estar tomando el control de nuestras vidas. ¿Hasta qué punto necesitamos esta validación externa para sentirnos valiosos y completos? ¿Es posible aprender a vivir de una forma más auténtica, desconectada de la necesidad de ser constantemente halagados?
Cada vez más, la apariencia se ha convertido en una moneda de cambio en las redes sociales. Face card, no cash, no credit. Las personas no solo buscan ser atractivas, sino ser percibidas como más atractivas que los demás. Esto se traduce en un sinfín de filtros, ediciones y publicaciones cuidadosamente seleccionadas, donde el objetivo final parece ser recibir más likes, comentarios y seguidores (y yo lo que menos quiero es que me sigan más), como si entre uno de esos fuese a haber alguien por quién cambiar a su actual novio.
Sin embargo, esta obsesión por «ser mejor» que el resto no solo afecta nuestra autoestima, sino que nos desconecta de lo que realmente importa. Nos volvemos esclavos de la imagen perfecta, de la necesidad de mostrar una vida idealizada y, lo peor de todo, dejamos de disfrutar de momentos simples y auténticos. Es tan hastiante ir a comer con alguien que se la pasa tomándole fotos a los alimentos, ¿pues que nunca has comido? ¿Acaso el restaurante te paga por la publicidad que le harás de manera gratuita para enseñarle a tus seguidores (los cuales ni en pedo van a esos lugares) sólo para recibir aprobación?
La constante búsqueda de aprobación a través de likes y comentarios crea una falsa sensación de valía. Nos olvidamos de que el verdadero significado de nuestras vidas no se mide en la cantidad de likes que recibimos en una publicación, sino en sentirnos realmente satisfechos con las experiencias vividas, de las conexiones genuinas con las personas y de la capacidad de disfrutar del presente sin la necesidad de documentarlo todo. Reír con tus amigos sin estar con la atención en teléfono y luego pedir que te lo repitan, wey, ya lo dije una vez, ¿eres idiota o por qué tengo que repetirlo? Si no estás en la conversación, no preguntes.
Pero el problema es que este ciclo es adictivo. Las redes sociales, diseñadas para captar nuestra atención, nos incitan a compartir cada momento de nuestras vidas, desde una comida hasta un simple paseo. Nos sentimos obligados a estar siempre en línea, siempre mostrando, siempre buscando esa aprobación externa que, al final, solo nos deja un vacío que nunca se llena del todo, pero también está el otro lado, saber guiar a tus seguidores con la narrativa que estás creando; actualmente, nadie sabe dónde estoy viviendo, qué es lo que estoy haciendo, si salgo o no con alguien, o alguienes, nadie sabe más que lo quiero que crean. Jamás subo algo en tiempo real, aparte de todo por la seguridad, ¿por qué los demás tienen que saber dónde te mueves? ¿Con quiénes te mueves? ¿A cuáles horas? Estamos dejando rastros de nuestras rutinas, si alguien te quiere encontrar, así lo hará. Mira, que te lo digo yo, miarma.
Digo, está perfecto que lo hagas si de eso vives, si te pagan por eso, pero, ¿de ahí en fuera? ¿Crees que a alguien realmente le importa lo que comas, lo que veas, o en mi caso que me gusta subir lo que leo? ¿De dónde nace la imperiosa necesidad de contar lo que hacemos? Y he ahí, de la atención que no se nos ha dado, o que nosotros mismos no nos hemos dado, de la falta de amor, de cariño por parte de nuestros papás, de lo menos que sentimos nuestra vida, como en el caso de un elfo que tuve a mal conocer: que por más hermoso que es, aún con sus Snickers, necesita sentirse aprobado a través de los likes, porque ni él sabe de la inteligencia que tiene o de lo mucho que transmiten las imágenes que hace. Sin importarle si realmente vale como persona, su necesidad de sentirse admirado y atendido es tan grande que deja ir lo más importante: a él mismo, y así muchos otros. Que se olvidan realmente de ser ellos mismos por vivir en una apariencia enorme.
O están esos que van a cualquier lugar, o concierto y en vez de ver, vivir y sentir, se la viven grabando lo que están viendo, y digo ok, a veces para el recuerdo está bien, está padre, pero vivirtela en el teléfono, en vez de realmente aprovechar estar en cierto lugar, momento, espacio y con la compañía que has elegido, así sea a ti mismo, vale la pena. ¿O para que ir a ver a la Gioconda? ¿Para tomarle una foto como idiota? Vamos, o sea, ¡estás en el Louvre! ¡Disfruta!
Cuando me di cuenta de esto, en verdad cambié mi manera de ver y hacer las cosas, ya cuando de plano sientes que estás atrapado en esta búsqueda de atención constante, hay formas de liberarte y recuperar tu bienestar. Algunas cosas que hice fueron:
- Entendí qué era lo que estaba pasando, viviendo y lo que sentía. ¿Eso realmente hacía falta compartirlo? ¿Ayudaría a alguien más? ¿Serviría mi experiencia para apoyar a otra persona? Si sí, ok, compártela; si no, quédatela, vive el momento.
- Hice una desconexión digital. Establecí límites de tiempo para el uso de redes sociales. Desactivé las notificaciones y creé momentos en los que no estoy pendiente del teléfono, por eso tardo en contestar, o hay veces que no sé ni en dónde está el teléfono, precisamente para redescubrir el placer de vivir en el presente.
- Vivo el momento sin documentarlo. Disfruto de mis paseos sin tomar fotos, o si las hago son para personas que quiero en verdad, o de una comida sin sentir la necesidad de compartirla en Instagram, y cuando las tomo es para mi book, para el plano profesional. Vivo y disfruto para mí, no para los demás.
- Celebro sin mostrarlo. Recién fue mi cumpleaños y le pedí a mis amigos que se abstuvieran de grabar cantando con el pastel, wey, me interesa estar con ellos, no en el vídeo. Celebro mis logros o cualquier evento importante sin la necesidad de publicarlo en redes sociales. Como siempre digo «los momentos más importantes son los que no se suben a las redes sociales». ¿A quién le interesa saber si compré un auto o un terreno? ¡A nadie!
- Me enfoqué en la autenticidad, no en la perfección. Aunque a veces compararse con los demás es inevitable, la vida no es una competencia para ver quién tiene más seguidores o quién se ve mejor. Busqué lo que me hace sentir bien conmigo mismo, no lo que los demás esperan de mí. Saqué a flote mis virtudes y fortalezas para sentirme bien conmigo. Nadie será igual que yo, hay sólo un Enrique (sadly, I know), y sólo uno de los demás.
- Comencé a rodearme de personas que me valoran por quién soy, no por lo que muestro que tengo. Las relaciones auténticas y profundas se basan en el respeto y la conexión genuina. Busca la compañía de aquellos que te aprecian sin importar tus publicaciones o tu imagen en redes sociales.
En sí, la necesidad de atención, impulsada por los likes y la búsqueda de validación externa, nos está alejando de lo que realmente importa: ser uno mismo. Vivir la vida plenamente, disfrutar de los momentos sin la necesidad de compartirlos, y centrarnos en lo auténtico y verdadero, son aspectos esenciales para encontrar la paz interior y el verdadero sentido de, si bien no la felicidad, al menos la plenitud. Cuando realmente te sientes tranquilo, sin preocupaciones. Recordá, boludo, que los seguidores y los likes son como el dinero en Monopoly, de nada valen en la vida real. Cuando muramos sólo nos llevaremos lo mejor que vivimos y legaremos los recuerdos positivos en los demás.
Pero bueno, como dijeran luego, en fin. Cada quien es libre de hacer con sus redes y su Asterix y Óbelix lo que quiera, así que si les gusta o necesitan atención, dense, pero también dense chance de no sentirse presionados por compartir tooooodo lo que hacen.
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