“We rip out so much of ourselves to be cured of things faster than we should that we go bankrupt by the age of thirty and have less to offer each time we start with someone new. But to feel nothing so as not to feel anything – what a waste!”
—André ACIMAN
Hace un año estaba en un lugar completamente distinto. Mi vista era soleada, calmada, los autos bajaban a velocidad media en una de las tantas bajadas de Xalapa. Frente a mí estaba el parque y ese frondoso árbol que acaba de derribar. Un poco más enfrente, detrás de los muros, el que me devolvió —en su momento— el sentir los besos, después de una época de sequía y de cierta depresión. Y bueno, aunque a lo largo de estos trescientos sesenta y cinco días que han pasado, sigo sin besar como con él. Ahí estaba yo, en una de las tantas barras de café de mi pueblo, reflexionando sobre lo que era haber llegado a los treinta.
Días antes tuve muchísimo miedo, tristeza, en otras palabras, una enorme decepción conmigo mismo por no haber estado a la altura de mis propias expectativas, a lo que esperaba de mí al llegar a esa edad, pero es que también había vivido cosas muy distintas a otros, así como otros lo han hecho en comparación conmigo. Al final, todos estamos en el momento y lugar donde debemos estar, aunque no se entienda en ese preciso instante. Así como ahora, que detrás de mí tengo el río, y la casa que, de querer, bien podría ser mía, y habitar en cuanto quisiera, pero no quiero, porque quien vive ahí, ya no es quien era antes, hace once, diez o nueve años, ha cambiado mucho, así como yo, como todos.
Ahora, en otra barra de café, escribo sobre mis respectivos 31 años, como casi cada año. Que, da la casualidad, me toca justo al cierre del año oficial.
Year after year, pido lo mismo: que mi familia esté sana y viva, que el trabajo sea estable, que la salud siga como está, y bueno, que llegue alguien que sea tan cabrón como para poder aguantarme el trote, que siga sus sueños, pero que eso no le impida apoyarme con los míos así como a mí con los suyos. Y pues bueno, lo mismo de siempre: nada.
En lo romántico, a pesar de haber salido con unos, conocido a otros, cogido con otros cuantos, sí logré enamorarme de uno. Pensé, como decía el papá de Elio, que a los treinta ya no podría sentir, y que sólo me quedarían sobras del amor que una vez fue, pero no, a este chico sí llegué a quererlo, a sentir bonito cuando hablábamos, cuando nos veíamos para ir al cine y me dejaba abrazarlo, cuando se recostaba en mi pecho y yo jugaba con su cabeza, con sus lonjas y su piel, suavecita y blanca. Me gustaba darle besitos en sus cachetotes, en su pelo rubio, lacio y con un delicioso aroma. En sus ojos podía ver el mar. Recuerdo cómo se iluminaba su rostro al verme, tenía tiempo que alguien no me dedicaba una sonrisa tan bonita. Tan genuina. Pero todo termina, y esto terminó. Falta de tiempo, de interés, de los que haya sido, no fue. Y eso es con algo de lo que me quedo este año: que las cosas —aunque sea trillado— serán de la manera que tengan que ser, si es que son, y si no llegan a ser, igual tiene que ser por algo más grande. Lamentablemente, también aprendí lo que se siente romper un corazón, en mi caso, cuatro este año, y ahí comprendí a los que en su tiempo rompieron el mío. Quizá su intención nunca fue hacerlo, y me queda claro que su culpa no fue, el que se dejó ir fui yo, así como ahora otros se dejaron ir conmigo y yo no podía ofrecerles algo más, ya fuese porque no me interesaban tanto, no me gustaran tanto, o simplemente tuviésemos caminos diferentes. To finalise, decidí que ya no buscaré el amor por lo que resta del año, y el que viene, seré célibe. Ya si llega el bastardo, pues será bien recibido. De antemano, ofrezco una disculpa por la jetota que traeré.
En el plano laboral, el año pasado estaba por comenzar un nuevo trabajo, completamente distinto a todos aquellos que había desempeñado. Ahora vivo en otra ciudad, viajo más en avión que por tierra, he acumulado muchas millas y noches de hotel, pero también he conocido nuevos amigos, de esos que llegan cuando más los necesitas y de los que sabes que aunque la vida y los trabajos los separen, estarán para ti. Esas cuatro personas que han llegado a mi vida este año, no las cambio por nada. He pasado por cuatro jefes distintos, y es un cambio y aprendizaje constante e infinito el que se vive. Si bien antes era, digamos, impulsivo, ahora ya tengo que pensar las cosas antes de hacerlas —que no me gusta—, pero tiene sus recompensas. Mínimo ya no me llaman la atención. Como quiera vivo en un constante estrés, que tengo que tratar. Espero que este año que comienza el proyecto en el que estoy avance increíblemente bien, que las grabaciones y eventos salgan perfectos y se haga un final audiovisual chingón. Eso sí, me siento mucho más capaz y seguro ahora que hace un año. Si ya de por sí siempre tengo como que ese sentimiento, ahora más.
Y bueno, qué puedo decir, en otros planos me siento más guapo, más coqueto, más en comunión conmigo mismo, aceptando las cosas (como mi psoriasis) sin tratar de cambiarlas (pero sí ocupándome de ella), creo que eso apoya mucho al crecimiento como humano: aceptar, pero también agradecer. Agradecer lo bueno que nos llega, lo bueno y malo, porque aunque en su momento parezca malo, puede ser bueno a futuro.
Pero, al final de todo, lo más importante es saber que quién eres, conocerte a ti mismo mejor que a alguien más, te ayudará a alcanzar tu sueño más anhelado. Saber que ese sueño es tu razón de vida, por lo que vale la pena levantarse cada día y aprender de la vida, porque todo, absolutamente todo, nos llevará a ello.


Deja un comentario