Digamos que soy una de esas personas que suelen llorar, casi, en cada momento; principalmente con películas, con series, telenovelas o novelas. En sí, siempre hay algo que me llega y me hace llorar, ya sea por recordar o porque empaticé con los protagonistas de las historias que veo o leo. Y éste es uno de esos temas que tenía pendientes desde que comencé este blog (bueno, el anterior The Quique Diaries) en 2013, sobre el ser un observador en lugar de ser una persona que, digamos, participa.

Cuando vi la película no paré de llorar en toda la película, realmente me había identificado con Charlie, el protagonista, a tal grado de no haber visto la película una sola vez más, a pesar de lo mucho que me encantó; posteriormente, compré la novela y la devoré, como he hecho ahora, diez años después, sólo que con una pequeña, pero muy grande, diferencia: esta vez ya no lloré. Ojo: esto no quiere decir que no la haya sentido, o recordado, claro que me movió cosas, muchas de ellas que ahora son nostalgia es mi próximo tema por escribir. Sólo que antes tenía 19 años, recién salido de la adolescencia y comenzando la universidad, y ahora estoy por cumplir 30, con una carrera, divorciado y con la crisis de los treinta a cada rato sobre mí, no tengo tiempo de pensar como un adolescente ni de ponerme en la piel de uno, no quiero recordar mi adolescencia robada.
Si bien el libro es una hermosa novela epistolar, dividida en cuatro partes y un epílogo, que dura exactamente un año —de primero a segundo de preparatoria—, se lee en tres días, o menos si es que son unos lectores demasiado ávidos. Es una novela que se siente, que te llega, precisamente porque son cartas que están destinadas a ti, es Charlie quien te va contando su vida a lo largo de 263, en su versión en español, páginas. Su vida con su familia, sus dos amigos, Sam y Patrick, que recién conoció, algunos amigos de estos, su maestro de literatura, Bill, y sus momentos de soledad, la forma en la que ve el mundo, cómo lo analiza y cómo lo entiende.
Es en parte por esto que me llegó el libro y la película en su momento, porque contrario a lo que pueda parecer, jamás fui un chico «popular» en la escuela, nunca jugué a ningún deporte, o pertenecí a algún club, fueron muy pocas las fiestas o reuniones a las que asistí, no tuve un primer beso o una primera vez con el chico o chica más guapo de la escuela, tampoco me emborraché, mucho menos participé en un aborto. Mis «amigos» de ese entonces, los contaba con una mano, ahora ya no existen más. Ahora son otros los que cuento con otra mano. Como Charlie, me enamoré, pero igual me mantuve al margen para no causar molestias, para darle su lugar a la otra persona, no me atreví nunca a más. Igual fui el más inteligente, perdón que lo diga (no, la verdad no perdón, es verdad), y muchas veces eso me ha hecho parecer bicho raro, ahora es cuando me percato que nunca lo fui, simplemente mi forma de pensar no iba de acuerdo ni correspondía con lo promedio.
Recuerdo una vez, en secundaria, que fui a una fiesta que daba uno de los pocos que consideraba «amigo», no éramos muchos, pero aún así se dividieron en grupos, la época en la que todos estaban con ganas de novio, novia, o coger. Unos estaban jugando a la Play, otros un futbolito de esos de manijas, otros fumando y tomando, otros fajando, yo nada de eso. Recuerdo todo porque vi todo, analicé todo, estudie todo, en un instante vi como una compañera miraba a mi entonces amigo de reojo, gritándole en su mente, con una cara preocupada, de angustia y espanto, lo recuerdo muy bien porque quería abrazarla, quería decirle que no se preocupara, cuando vio a mi amigo, salieron y como quien no quiere la cosa escuche que le temblaba la voz y sin haberlo dicho, lo supe: estaba embarazada. Este tipo de cosas, el observar a los demás, estudiarlos, me ha ayudado ahora a poder escribir mejor, a desarrollar la forma en la que veo ciertas cosas y otras, tantas otras, las callo y las dejo escritas para que no se me olviden.
Observar no siempre es hermoso, conlleva ir, casi siempre, con una protección ante la empatía con los demás. Al observar a las personas en la calle, no sólo las observo, sino que las analizo, las estudio de tal manera que, dependiendo cómo lleven su rostro, imagino sus historias, sus penas, los humanizo tanto que, si por mi fuese, les arreglaba la vida en ese momento (aunque no pueda siquiera arreglar la mía). No me gusta que la gente sufra, menos quienes no se pueden defender, como los animales, no me gusta que se duerman en la calle, con frío, lluvia, hambre. Al igual que los niños o ancianos, otros me dan igual, pero las personas que no se pueden valer sí me preocupan. ¿Está mal en este tiempo ver a las personas como vulnerables? No vaya a estar vulnerablizabling sin saber, o protecting, o alguna otra mamá hada nueva de esas que salen a cada rato y luego ya no se puede hablar porque cancelan.
Pero, volviendo al tema, entre mis momentos de soledad y observar también está la introspección y el saber qué vamos queriendo y no queriendo en nuestra vida. Aunque de cierta forma estoy curado de las relaciones sentimentales, a veces se antoja tener a esa o esas personas que estén para ti para que les cuentes tu día, ellos el suyo, y así, salir, amar, comer, lo que sea que se haga, hay veces que se quiere hacer con alguien. No siempre es bonito estar solo, pero otras sí lo es. Me pasaba que tenía ganas de ir a cierto lugar, iba. Sin importarme la hora, el tiempo que fuese a tardar, lo que haría después. Iba y estaba conmigo mismo.
So, the perks are:
Si quieres ir a cierto lugar a comer, mesa para uno, y pides lo que se te antoje. Lo mismo con el cine. Detesto ceder a alguien la elección de la película, lo detesto. Entonces veo la que se me antoje, y si se puede, veo dos o más si llegase a ser el caso, porque no tengo quien me acompañe, quien me dé su tiempo.
El estar solo te hace, de cierta forma, fuerte, al no depender de alguien más, hace que te valgas por ti mismo. Que tengas que requerir la menor ayuda posible. Te independiza y prepara la vida futura. Estar solo, como es mi caso actual, es un beneficio por si tienes que cambiar de residencia. Las relaciones, de por sí son difíciles, a distancia más. Eres una persona más empática, sobre todo con los más vulnerables. Eres más sensible y humano. Ves la vida desde un panorama más grande. Sabes lo que vales por ti mismo, no por el valor que «te dan».
Y sí, puede que muchas, muchas veces te sientas que no perteneces, que nadie te quiere, que nadie piensa en ti, que si hoy mismo mueres, nadie irá a tu velorio o le importará, pero déjame decirte que no es así. No me conoces, ni yo a ti, pero quiero que sepas que te quiero, que agradezco que estés aquí, leyendo esto, que espero y quiero que sepas que, pase lo que pase, eres más fuerte de lo que quieres creer. Que vas a salir de esta. Y de todas las que vengan después. No te desesperes. Créeme. Cree en ti. Cree en la vida. Agradezco que estés leyendo esto porque en algún momento, le dirás a alguna persona lo mismo, y esa persona a otra y el mensaje se esparcirá. Perteneces a ti, a tu mundo. A tu familia también, aunque a veces te sientas fuera de lugar, o que no te quieren. Con tus amigos. Créeme: no estás solo. Y llegará ese momento en el que tú mismo tomes el aire, lo sientas, lo hagas tuyo y a ti de él, te sientas en comunión con la vida y, en ese momento, serás i n f i n i t o


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