Boca del Río, Ver., 12 julio, 2022
Pasan poco más de dos años y ni cuenta se da uno de lo rápido que pasó, de lo mucho que pasó, de lo tanto que uno aprendió, y si no se aprendió algo en este tiempo, ¿necesitamos otra pandemia para aprender?
Hace dos años aún lloraba por amor, por soñar con ese amor que, temía, nunca llegaría, soñaba con encontrarlo, o que me encontrara. Soñaba con esa vida idílica de romance, trabajo en equipo, lucha contra quien y lo que fuera, soñaba. Soñaba para no caer en mi realidad, en mi triste realidad de ese entonces, desempleado, con una pandemia encima, con ganas de salir, con ganas de divertirme, de disfrutar esos últimos años de «juventud» que aún me quedaban. En ese entonces me enamoré por Tinder. No funcionó.
Al siguiente año, justo en marzo, ahora ya con trabajo, con estabilidad, sin ganas de encontrar, pero no cerrado, me encontró el amor, nuevamente un «Hola» cambió mi vida. Aún recuerdo nuestra primera plática, la rápida conexión que sentimos, lo rápido que nos dejamos llevar, platicábamos día y noche. Él, con stickers etiernos comenzaba a adentrarse en mi corazón, esos Benitos, esos Cuchos. Destilaba ternura, desprendía cariño. Me daban ganas de abrazarlo, de besarlo, de cuidarlo, de amarlo. De pasar mi vida con él. Estaba seguro de querer eso, de traerlo a vivir conmigo. De comenzar una vida juntos, de sentar cabeza —como comúnmente se dice—.
Y así nomás, a los tres meses, D y yo estábamos juntos. Fui a por él en un viaje de nueve horas, conocí a su familia, casi casi pedí su mano. El regreso fue hermoso, y raro, por segunda primera vez venía con el amor de mi vida. Tomados de la mano. Él, recargado sobre mi hombro con su chamarra gris de borreguita, abajo, nuestra perrita, yo preocupado bajándome en cada parada para ver que estuviera bien. Al inicio de mes, había rentado un departamento hermoso para los dos, amueblado, despensa llena, listo para llegar a habitarlo. Mientras escribo esto estoy aguantando las ganas de llorar en el café donde estoy, tratando, mejor dicho, porque las perras salen.
D era mi familia, todo era realmente hermoso. En las mañanas, el desayuno era delicioso, ambos. La comida era un deleite, en cualquiera de sus presentaciones. Cocinaba delicioso. Todo en él era delicioso, me tenía tonto, realmente enamorado. Sin embargo, hay personas que no pueden ver que alguien sea feliz porque quieren destruir la felicidad. Al mes de platicar con él, estuve con alguien más, sin estar aún con D. físicamente. Fue cosa de una sola noche, y alguien le comentó eso. Eso cambió todo. La miel se volvió vinagre, la confianza murió y, con ella, nuestra relación, a pesar de estar nueve meses viviendo juntos, pudo más la desconfianza, pudieron más los celos, el hartazgo de uno de sentirse engañado y el del otro de sentir aprisionado. Terminamos.
Si bien me quedo corto con la descripción de mi historia, porque es algo sólo de él y yo, quiero comentar que con D descubrí el amor real, el amor hermoso, el dormir y despertar, el ver el rostro de la persona que amas, el ir al cine, ir al súper. Ir de paseo aunque fuera al parque porque la vida en pareja puede resultar un poco cara a veces.
A pesar de los momentos tristes, otros más que otros, —unos de terror y otros de suspenso—, lo extraño. Extraño su risa, su sonrisa, su cuerpo (más pequeño que el mío), extraño sus carcajadas, extraño su mirada, sus caricias. Sus labios, sus ojos cegatones, pero hermosos. Sus cejas, sus chinos locos. Extraño su comida, sus postres, nuestros días en la cocina, que a la vez era la sala, nuestros días de hacer el amor todo el día. Extraño su pasión. Su candor. Extraño lo maravilloso que me hacía sentir, el agua de la ducha sobre nuestros cuerpos. Extraño platicar con él, ver películas con él y quedarme dormido y que se enojara por ello. Extraño mucho de él, también hay cosas que no extraño, que fueron las que mataron la relación, pero él siempre tendrá un lugar conmigo, en mi corazón, en mi vida.
D siempre estará conmigo. Quien llegue debe saber que mi corazón es de varios, de varios que han dejado su marca en mi vida, marcas que, como las cicatrices, debemos aprender a vivir con ellas, a amarlas, a recordar sus lecciones, a no cometer los mismos errores. D ha sido mi mejor maestro. Lo amé, lo amo y lo amaré. Así como amaré a quien llegue después y después, y después. Así como he amado y amo a quienes antes, porque todos ellos son quienes nos hacen, quienes nos hacer saber qué queremos y qué no. Somos la suma de todos esos aprendizajes, de esos momentos, de esas risas, de ese sexo, de ese amor, de ese todo. Y seremos aún más, porque jamás dejaremos de amar. Jamás dejaremos de sentir. Jamás dejaremos de vivir.
And just like this, I’m back again.

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