Había una vez, un bello príncipe proveniente de una tierra lejana que anhelaba casarse con el plebeyo de una tierra más grande y poblada. El bello príncipe creía en el amor, en el matrimonio y en la esperanza de tener familia propia con el plebeyo. El plebeyo, no obstante, le decía que él no creía en esas cosas y para él lo importante era lo que ellos dos tenían sin tener que exhibirse. En sí el plebeyo tenía más donceles por su reino y el príncipe se quedó un poco dolido.

Años después, les doy la bienvenida a un reino donde la sensatez le gana a los sentimientos, el orgullo al prejuicio, las mujercitas han reclamado sus derechos, los hombres estamos al borde de un ataque de nervios y los únicos finales felices que tenemos son al eyacular al final de un masaje.
Hace años, hablando ahora con la razón y no con el corazón, tuve una relación donde él estaba en contra de tomarnos fotos porque no le gustaban las redes sociales, no nos dábamos la mano porque qué dirían los niños, no creía en el matrimonio porque no quería familia y sí, tardé años en admitir que yo, era el otro y por eso estaba bien escondido. Después de nuestra relación, el tipo entró en otra donde, todo lo contrario a mí, se subían en redes, salían de la mano, demostraba su sueño de casarse y tener familia con las publicaciones que compartía y todo eso que conmigo no quería, con otro sí. Y ahí, en ese momento, mi corazón se rompió. No lograba entender qué tenía yo, o mejor dicho qué me faltaba para ser parte de sus sueños, y sí tardé años en entenderlo: me faltaba absolutamente nada.
Esta no es una publicación robada de la página de Martha Debayle ni tampoco de algún libro de Osho como otros lo hacen, no. Esto es lo que he aprendido con el paso del tiempo.
Algunas personas no están hechas para estar con otras, así de sencillo. Puede haber atracción física, quizás intelectual, pero quizá no haya tanta compatibilidad emocional como debería haber. A pesar de ver a estas personas como grandes, maravillosas, extraordinarias y cosas que magnifican a la persona, la situación es completamente distinta. Nosotros, sin saber lo que realmente valemos, vemos a esa persona de la manera anteriormente descrita, sin embargo, ellos nos ven de la manera que realmente somos, sin darse cuenta de ello, ellos sí ven cuán grandes somos y son ellos quienes se sienten mal.
Hay muchas formas de sentirse mal: unos se sienten mal con ellos mismos, por lo tanto, el hecho de saber que uno es mejor que ellos les puede y afecta en su autoestima que nos hacen creer que ellos tienen el control de destrozarnos ya que se dan cuenta de nuestra nobleza y vulnerabilidad y pretenden, con eso, no sufrir más.
Otros, lo hacen cargando su pasado, son tan buenos que piensan que si nos dejan, nos harán daño y tratan de estar con nosotros pero con cautela. Tardan en contestar los mensajes, se ponen activos por horas pero no te pelan, te dicen que te quieren, y quizá sí lo hagan, pero sabes en el fondo que debes tener tus reservas, que no te puedes ir de lleno porque te das en la madre.
Otros simplemente no sienten, y toman lo que quieren de uno y listo. Y los hay también quienes mutuamente toman algo del otro y listo, se van pero desaparecen gradualmente hasta que apenas y los recuerdas.
Lo más feo de todo esto es que se nos ha dicho y estamos acostumbrados a que si alguien te muestra poco interés, o te trata mal, es porque le gustas y tiene miedo a enamorarse y no, ¡NO ES ASÍ! Cuando realmente le gustas a alguien, ese alguien moverá las montañas, dividirá las aguas, curará pandemias, con tal de estar a tu lado. Si una persona no puede estar sin ti, hará TODO para estar contigo, pero no lo vemos, mejor dicho, NO LO QUEREMOS VER. No queremos ver las señales, los indicios que levemente van dejando, porque seamos honestos, somos astutos para dejar señales pero no para verlas porque estamos tan inmersos y desesperados por obtener ese final feliz de cuento de antes que vemos sólo lo que nos conviene.

Y de las cosas más feas y tristes es que, a pesar de todo eso, de todas las decepciones que persona tras persona nos llevamos, no dejamos de estar obsesionados, y no con una persona. Estamos obsesionados con tener a alguien para nosotros, un cuerpo con quien podamos estar abrazados, con quien podamos amar y descubrir sensaciones diferentes. Con quien podamos hablar durante el día sobre nuestra jornada y que al llegar a casa platiquemos más y hagamos el amor de una y mil maneras diferentes. Estamos desesperados por el amor. Estamos desesperados por tener a esa otra mitad que nos clavamos tanto con cualquiera, sin darnos que cuenta que al aceptar que no todo es como lo queremos ver y que ninguna persona está obligada a sentir algo por nosotros. Si no nos quiere, vale, ya estuvo, ya aprendimos y el que sigue. Ya llegará si tiene que llegar. Pero jamás hay que forzar las cosas, ni nosotros mismos forzarnos a querer a alguien, ni ese alguien forzarse a que nos quiera. Si no te llama, no te quiere llamar. Si no te mensajea, no quiere hacerlo. Simplemente no le interesas a esa persona y a quien sí, te darás cuenta, porque uno siempre se da cuenta de lo bueno (ah, pero no de lo malo, te digo que somos convenencieros).
Y quizás el final feliz no incluye un amor maravilloso de y hacia otra persona: quizás el final es de y para ti, solo, recogiendo los pedazos, tirando lo que no se puede salvar y empezando de cero. Nuevamente. Liberándote para encontrar algo mejor en el futuro. Quizás el final feliz sólo consiste en seguir. O quizás este es el final feliz: saber que a pesar de todas las lágrimas, las llamadas perdidas, los mensajes en forma de carta y corazón acribillado. Que a pesar de todos los errores y las señales malinterpretadas. Que a pesar de todo el dolor y la vergüenza ganada y dignidad perdida. Que a pesar de que a él no le gustaras tanto o que le importaras una mierda, tú, TÚ, nunca, NUNCA, perdiste las esperanzas de ser feliz y luchaste por ello. Por tu felicidad.
Por ti.
P.S. Agradezco a aquellos que, han tenido las agallas de decirme que no están interesados en mí y que merezco algo y alguien mejor, créanme que me han hecho un gran favor. Me merezco a mí.
P.S. 2: Agradezco también a aquellos que ayudaron a que este blog esté de nuevo funcionando y a los que me han insistido en que no deje de escribir. Los quiero.

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