« […] Para aprender a irnos, caminamos.
Fuimos dejando atrás las colinas, los valles,
los verdeantes prados.
Miramos su hermosura,
pero no nos quedamos […]. »
ROSARIO CASTELLANOS, Los adioses.
PARTE UNO
LO QUE SEA, CUANDO SEA
I
«Hola», una palabra que, para cualquiera, es la más sencilla entre los saludos, la más común, la más liviana; ese saludo que dices cuando te cruzas a alguien y por cortesía lo saludas, te responden con otro igual y listo, cada quien sigue su camino. Un «hola» lo decimos para todo, para todos, pero éste era especial; para mí ese saludo significaba que alguien estaba siendo amable conmigo al saludarme en mi idioma. Alguien era alguien para mí.
Conocí a alguien el veintinueve de diciembre de dos mil diecisiete -con veinticinco años recién cumplidos-, cuando yo aún trabajaba en un hotel de Polanco en la Ciudad de México como concierge en el spa del hotel: el trabajo más aburrido de la línea operativa pero de los más redituables sin duda. Mis funciones consistían en, básicamente, contestar el teléfono, tolerar llamadas de personas tontas que preguntaban cualquier estupidez con el fin de hacerse los interesantes, vender masajes y productos, modestia aparte, era el mejor vendedor que tenía el spa, los clientes se iban felices después de haber sido atendidos por mí y haberles hecho la cuenta aún más grande de lo que ya era -de manera ética, por supuesto- con mis métodos infalibles de venta, hasta comentarios en TripAdvisor sobre mi desempeño recibía por parte de los mismos; sin lugar a dudas era bueno en lo que hacía.
Después de años de buscar una vacante en ese hotel, llegó mi oportunidad y no la dejé ir, tenía fe en que crecería rápido si me esforzaba lo más posible. Por rotación, esa semana me había tocado estar en el turno matutino el cual consistía en despertarme a las cinco y veinte de la mañana para a las seis ya estar en la estación del Metrobús Polifórum y después estar en la de Chilpancingo para abordar el metro con el mismo nombre con dirección a Tacubaya y de ahí transbordar a la naranja hacia a Auditorio, llegar al hotel, vestirme con el uniforme –el más feo de la vida: era como un kimono a medias con filos rosa mexicano, la camisa, ajustada para que me quedase, me hacía parecer una especie de Winnie The Pooh de casi dos metros de altura- y checar mi entrada antes de las siete de la mañana. Después de eso subía al spa, acomodaba los productos para la venta, verificaba que todo estuviesa limpio, y empezaba el día. Si me iba bien, y algún compañero masajista me cubría, podía bajar a desayunar. En ocasiones, quien en ese entonces era mi jefa, solía llamar durante la mañana a distintas horas para corroborar que estuviere allí. Me quería estático, como un robot amaestrado para vender y producir más, sin poder moverme de mi lugar y mucho menos dudar de lo que se me ordenaba. Siempre se molestaba cuando le preguntaba algunas cosas ya que pensaba que la cuestionaba. Es algo irónico que en los trabajos siempre te piden que seas creativo, con ideas frescas, que aportes y seas tú mismo, pero a la hora de querer aportar, te callan sin más.
En mi trabajo había un desfile imparable de famosos y hombres deliciosos, algunos con escolta, otros totalmente discretos llegaban con sus novios y la sorpresa era que en redes y televisión salían con sus compañeras de trabajo como si fuesen sus novios, pura tapadera de su orientación. La mayoría del tiempo hablaba en inglés, a veces en francés, poco lo hacía en español. Lo feo de estar trabajando allí era tener tanta carne y no poder permitirme tener algo con ellos, en primera porque estaba prohibido meterse con los huéspedes y en segunda, porque no tenía chiste clavarse con alguien que está por irse a otro lado, a su país. Como si eso me hubiese importado.
Era medio día cuando uno de los tres elevadores, el primero de ellos de izquierda a derecha, se abrió y apareció un chico alto como de un metro ochenta, rubio con cabello corto y corte militar, con cuerpo tonificado sin llegar al extremo –fit, para ser exacto-, el rostro parecía salido de alguna historia de nazis. Lo imaginé vestido como uno. Me encantó mi visión. Vestía una playera polo azul marino cuyas mangas resaltaban sus bíceps tonificados, se veían tan apretables, su pecho medio marcado estaba bueno para recargarse un poco, o un mucho; un pantalón de mezclilla gris, pegado, moldeaba bien sus bellas y fuertes nalgas. Edad aproximada: unos veintiocho, a lo más, treinta años. Sus ojos azules eran profundos, inspiraban calma, al verte directamente a los ojos tenían el poder de ponerte rojo -al menos eso me sucede mucho cuando alguien me gusta- y sin duda él me gustó desde el momento que lo vi salir y abrir esos labios rosados tan hermosos, no gruesos como los míos pero no delgados, perfectos.
Para mí, habría pasado una hora si en cámara lenta lo hubiese visto y descrito tal cual lo acabo de hacer pero no habían pasado ni cinco segundos cuando se acercó a mi chingada maceta donde estaba enterrado todo el santo día, hablando con un perfecto inglés preguntándome dónde estaba el gimnasio, yo, nervioso lo llevé hasta allí pero antes le di el debido recorrido por las instalaciones, le ofrecí agua, jugo, fruta. No quiso. Le expliqué el funcionamiento y las horas de apertura y cierre. Para él como huésped el gimnasio estaba abierto las veinticuatro horas. Mientras recorríamos físicamente el lugar, mi mente recorría su cuerpo: sus brazos, sus piernas, su pecho, besaba sus labios, su cuerpo, su miembro. Hizo viajar mi mente más que cualquier otro de los huéspedes con quienes, incluso, hasta sexo tuve valiéndome madres el reglamento, pero él no, él se veía diferente.
Él me gustó para algo más, para algo más que sólo coger y listo, adiós. Eso no significó él para mí en ese momento. Era un coqueto, sin duda. Ya sabía lo que había ocasionado en mí por la sonrisa que tenía cuando erraba en conjugar algún verbo en inglés o cuando tropecé conmigo mismo al caminar o cuando le hablé en español pensando que entendería y me puse aún más rojo. Le mostré también los aparatos que teníamos en el gimnasio. Le agradó. Agradeciéndome me dio la mano y me dijo su nombre, Andrew, aún recuerdo ese apretón, aún recuerdo su sonrisa, tan calmada y bella, y su mirada. Daniel, le respondí con un firme apretón, sumergiendo mi mirada en ese mar en calma. Lo acompañé hasta el elevador, en el camino le volví a ofrecer fruta, tomó una pera; al llegar al elevador, con otro breve pero cálido apretón de manos se despidió de mí y antes de cerrarse el elevador me sonrió.
Jamás ha habido otro que haya logrado hacerme sentir lo que Andrew en ese momento. Mis instintos más bajos pero también los más cálidos despertaron con sólo haber visto a ese hombre entrar al spa, pero no sólo entró allí. Entró en mi mente como las ideas más poderosas, esas que permanecen allí hasta que se ven realizadas. Entró en mis ojos como el paisaje que se queda desde niño y quieres volver a ver una y otra vez y tienes que recordar frecuentemente para no perderlo y como entra el amor al corazón, de un pinche trancazo sin avisar, sabiendo que tendrá que partir y que jamás lo volverás a ver.
Aunque ya lo sabía, quise corroborar si era gay. Entré a Grindr y busqué su perfil, y sí, ahí estaba. Tan guapo, tan níveo, tan perfecto, lo más seguro es que él jamás hablara, sólo lo contactaban y si él lo hacía seguro la tenía asegurada, eso hizo que mis celos despertasen porque quién iba a preferir estar conmigo si podía estar con los hombres más guapos del área. Y de donde sea que fuese. Dejé mi teléfono en la maceta y seguí trabajando pero esa estupidez de haber abierto la aplicación y haberme conectado hizo que mi destino se sellara cuando recibí un mensaje de su parte queriendo comprobar lo mismo. “We’re in touch!,” me escribió. “Yes, we already are,” respondí a ese hombre tan perfecto.
Listo, he aquí el primer capítulo de la primera parte de mi primer novela, LOS QUE NO FUIMOS. Si quieren más capítulos avísenme y quizá los vaya publicando hasta terminar la primera parte.
Muchas gracias por estar siempre,
Enrique

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