17 mayo, 2015

The End of An Era… Esta noche finaliza un programa que hizo historia en la televisión «Mad Men» (2007) . Es por ello que quise escribir sobre esto, un tema que ya quería tratar desde hace tiempo: Don Draper. Iba a esperarme al final de la serie, pero preferí escribirlo antes de saber el final de ésta para también desconocer el final de Don. Espero les guste.

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“Do you smoke?” Puede ser fácil responder esta pregunta, un simple “sí” o “no”. Sin embargo, esta pregunta nos adentra al increíble mundo de la publicidad en los años sesentas, cuando ésta aún se merecía llamar publicidad, cuando los genios creativos aún pensaban en nuevas ideas, aún vendían su idea a una marca, no como ahora, en la que los “publicistas” hacen todo lo que el cliente les pide, no innovan, copian; no imaginan, ven en la televisión, revistas, “publicidad” sin gracia, salvo unas cuantas excelentes campañas. No personas como él, Don Draper.

Donald Draper. Don Draper. Don. Hablar de Don es hablar de uno mismo, de los hombres del ayer y del ahora, heteros y homos, no importa. Don es el hombre. La masculinidad representada por el gran actor Jon Hamm, al que la suerte no le ha dado el EMMY por su actuación en este papel pero eso hace que demuestre que puede ser cada vez mejor, que al quedarse ido frente a la cámara hace que te sientas parte de la historia y se vuelva un actor único. Esta noche veremos el final de este personaje. Esta noche se acaba un hito de la televisión moderna, “Mad Men” (2007).

¿Cómo empezar a escribir lo que quiero relatar?

Hablar de Don, como lo dije al principio, es hablar de uno mismo. Fuma, bebe, coge con cuanta mujer se le atraviese, tiene un excelente trabajo, posición económica y una familia, pero al final, está solo. Solo con sus demonios. Solo con su pasado. Solo con él mismo.

A lo largo de ocho años, hemos visto la evolución de los personajes, siendo la de Peggy la más obvia, desde su inicio como secretaria a la fecha como una importante redactora con gran creatividad, pero esta no es la historia de Peggy, sino la de Don. Don no ha evolucionado, su secreto, de ser alguien más (Dick Whitman) ha hecho que no progrese por cargar esto con él. Durante las dos primeras temporadas fuimos conociendo más sobre su pasado, un pasado donde, cuando niño, su mamá -una prostituta- murió al darlo a luz; su padre se casa de nuevo con una señora que no lo quiere y para colmo, vive en la pobreza. Tiempo después su papá lo lleva a vivir a un prostíbulo, donde se cría con las que residen ahí. Después se va a la guerra y su superior muere, el verdadero Don Draper, y él opta por tomar su identidad, lo que significa que Dick Whitman está oficialmente muerto.

Y es cuando vemos hacia nuestro pasado, cuántas veces no hemos querido matar parte de nuestro pasado, escapar de nuestra vida, salir huyendo, querer ser alguien más y jamás mirar atrás. Yo, muchas veces. Sin embargo, no lo he hecho.

¿Qué podemos decir sobre Don? Vive en Manhattan, la mejor zona de New York City, sí, pero al llegar a casa está solo; tiene dinero, muchísimo; no tiene con quién gastarlo, sus hijos no salen mucho con él; mujeres, ha tenido las que ha querido, ha tenido una esposa fiel, quien le perdonó sus infidelidades, lo que no le perdonó fue el no haberle contado su secreto sobre su pasado; ha tenido amantes: pobres y ricas, viejas y jóvenes, todas ellas al mismo y distinto tiempo y al final, solo.

Y es cuando pienso en mí, la vida que he tenido, en parte, ha sido muy generosa conmigo, tengo muchas cosas que otros desean, no estoy feo, tengo buen nombre, soy culto e inteligente, clase y elegancia, modestia aparte, sin embargo, al final del día, al final de acumular más y más logros, estoy solo.

La felicidad es lo que viene antes de darte cuenta que mereces más felicidad, que lo que tienes es muy poco y no te conformas. He tenido esa felicidad, y así como llegó se fue. Quise ser más feliz, le exigí más a mi felicidad y terminó por irse. ¿Quién impide que sea feliz? Yo.

¿Qué necesito para ser feliz? Podría responder fácilmente: “una persona”. “Un novio, un amigo, un cómplice, alguien que sea mi refugio para quebrantarme y mi templo para levantarme”, suena romántico, ¿no? Eso sería mi felicidad, mi happy-ending que tanto merezco y que no he podido tener, sea por una u otra razón, y cuando lo he tenido, no lo sé valorar. Es probable que en ocasiones anteriores haya podido tener eso que me diere felicidad pero la deje ir, “muy feo”, “muy pobre”, “ay, no, anda de recogepelo”, son frases que he usado para no salir con algunos chavos que me abrieron la puerta de su vida mientras yo sólo quería sexo. Sexo. Sexo es eso que tienes mientras vas en busca de alguien que haga que quieras quedarte, que en el fondo esperas que te diga que no te vayas, que te quedes a dormir, dormir abrazados. Sexo es eso que hace que ahora encontrar el amor de verdad sea tan difícil.

¿Y acaso ese sexo nos da el placer de llamarle a alguien cuando logramos algo o tenermos que decidir algo? Como cuando en Puebla me aceptaron en donde quiero trabajar, la primera persona en quien pensé llamarle no quiere saber de mí. ¿Amigos? No tengo. ¿Familia? Sí, pero no es lo mismo. Sabes que ellos se van a alegrar siempre de tus logros, pero tú quieres algo que sea tuyo, empezar tu propia familia.

¿Dónde estaban todos esos chavos con quienes he cogido? Con los que les di una parte de mí al darles mi cuerpo y mis besos, ¿dónde están? ¿Dónde está él? El que se supone que también te está buscando desesperadamente. Está en uno. En estar en paz consigo mismo. En no tener nuestro pasado tras nosotros y que nos impida progresar, porque es una carga muy grande, muy pesada y muchas veces necesitamos de alguien que nos ayude a eliminarla pero cuando no hay quien, pues ni modo, a botarlo como podamos, y eso he estado haciendo. He estado desechando cosas materiales que ya no ocupo, revistas, libros, ropa, las dono a bibliotecas o personas que necesiten la ropa. Poco a poco, el irme desprendiendo de esto hace que no me preocupe tanto por lo material, por lo que no hace falta en la vida de uno para sentirse pleno, sobretodo cuando no se tiene con quien disfrutar, ¿no lo crees?

De nada sirve haber tenido muchos objetos, o mucho sexo, o mucho de todo si al acabar el día vas a estar completamente solo, porque aunque tu familia nuclear te rodee, no puedes ser cien por ciento honesto con ellos y contarles tus problemas puesto que no lo entienden y, en ocasiones, prefieren hacerse los de la vista gorda. ¿De qué me sirve ir al mejor cine o al mejor restaurante si no tengo con quien compartir la experiencia? ¿De qué sirve tanto para nada?

La tristeza es todo lo que tengo. Eso es cierto. La tristeza me está consumiendo día a día, hora a hora. Mientras escribo esto no pensé que fuera a escribirlo. Por lo regular cuando escribo tengo un porqué pero al final me abro de cierto modo que todo salga de mi interior. Mi invade un vacío cada vez más y más grande, me quema el ver a una pareja feliz (pareja del mismo sexo, cabe aclarar), ver cómo se toman fotos, o van juntos de la mano, o al cine, o ir de viaje, hospedarse en un hotel y dormir juntos, ver en otros todo eso que la vida me privó de tener y que, en parte, fue mi culpa, el haber dado todo, el haberme abierto –como lo quieran ver- frente a él y haber sido yo mismo para después ser tirado a la basura; le conté mi pasado, mi infancia –de la cual nunca hablo-, fui Enrique con él, le expuse mis miedos, le dije la verdad.

Y así, como Don, cuando reveló su infancia en el prostíbulo o la agencia se quedó sin clientes por una carta que publicó, así yo. Me quedé sin lo que me daba felicidad, me quedé rezagado, cerrado, esperando encontrar de nuevo la felicidad, no volverme a topar con esta tristeza que también has sentido y que la entiendes, y que te trae a alguien a la mente, ese vacío que dejó sin embargo se ha levantado una y otra vez, y una derrota no significa perder la guerra. Una derrota significa poder levantarse más fuerte, más abierto, más real. La tristeza se irá, no sé con qué la reemplazaré, no sé qué pasará a partir de ahora, así como tampoco sé qué pasará con el final de la serie, cuál será el final de Don. No sé. Pero si algo sé es que se vive dos veces: ya morí una vez, me queda sólo una vida más.

Y al escribir esto me doy cuenta que soy Don Draper. No, no soy Jon Hamm. Yo, Enrique, soy Don. Incluso tú. ¿Por qué? Porque he mentido. He mentido para sobrevivir. Vivimos en una época en la que las apariencias hacen que crees una identidad ajena a la propia, que vendas un producto en base a una gran publicidad; que dejes tu vida pasada enterrada, muerta; que te dirijas a un mercado específico, que crees una nueva personalidad, vida, círculo social: un personaje, una marca. Y muchos de ustedes han comprado el producto sin conocerlo, sólo por su imagen y publicidad: Quique Hags.

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