12 mayo, 2015
Hace casi una semana que publiqué «Arráncame la dicha», una parte de mi vida en la que el amor así como llegó se fue pero fue de una manera turbulenta, en la que, como vil Miley Cyrus, quise romper sus muros, su helado corazón, entrar en su vida y a lo último, el roto fui yo.
Durante otra época de mi vida viví una situación en la que me di cuenta que, como en unos libros de Paulo Coelho, la vida puede cambiar totalmente en siete días. Una semana hace falta para que todo en ti cambie drásticamente, pero esto lo dejaré para después, creo que temas como ese merecen todo un post.
Ahora bien, durante una semana fui novio de un chico que cambió mi vida, para bien. Este no me dejó secuelas, no me dejó miedo, no me dejó en el abismo. Simplemente no me dejó. Y si algo aprendí es que las mentiras, tarde o temprano, nos traicionan.
Muchas veces se dice que recordar es volver a vivir, cosa que es cierto. Igual se dice que hay que tener a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca, cosa que es aún más cierto, e incluso se dice también que la mentira, tarde o temprano, se pondrá en tu contra. Ésta es la más cierta, ¿cómo se pone una mentira en tu contra? Cuando empiezas a caer en ella.
Lo conocí como a todos actualmente, por Internet, debo admitir que al principio llamó mucho mi atención por sus enormes ojos marrón, siempre he tenido una debilidad por los ojos bonitos puesto que si vas a ser novio de alguien, estos serán lo primero que veas al besarlo, al abrazarlo, al despertar a su lado. ¿Qué mejor que una hermosa ventana al alma?
Con el paso de los días fuimos platicando un poco, sin pasar de más, y me fue interesando más. En esa época pasaba por mi ciudad una olimpiada deportiva donde asistieron muchos deportistas de todo el país, entre ellos, un joven con su mismo apellido y de la misma ciudad, como su apellido no es muy común le pregunté si cabría la posibilidad de ser parientes, entre otras cosas, para seguir platicando con él.
Me fue llamando la atención mucho, me gustó. Sin embargo, un día se le ocurrió confesarme quién le gustaba y, para mi sorpresa, resultó ser la misma persona que a mí. Lamentablemente yo llevaba más tiempo de conocerlo y si alguien debía ganar, sería yo, por lo que me acerqué más a él; negué mi gusto por el mismo joven y negué muchas cosas más con tal de acercarme a él, conseguí su número de teléfono y hablábamos mucho tiempo durante el día, y por las noches nos íbamos a dormir juntos escuchando nuestras voces, platicando sobre nuestra jornada y demás intereses; jamás me dejó futurear, fue la primera regla.
Con el paso del tiempo me fue gustando hablar con él y así como entró, el otro se fue saliendo, me importaba más mi rival de amor que mi propio “amor”. Me empezó a interesar su opinión, su saludo, su conversación, su día a día, le empecé a tomar cariño, ¿cómo no hacerlo si todo en él lo incita? Empezó a formar parte de mi vida.
Para este entonces, yo ya estaba muy emocionado con él y decidí ir a visitarlo pero por razones de tiempos y del muy sabio destino, tuve que postergar ese viaje debido a que, la amiga con la que me quedaría a dormir no iba a estar en la ciudad y él estaba todo el día en entrevistas de trabajo y terminando su tesis, cosas que le absorbían mucho tiempo. Comprendí la situación y se postergó el viaje; aún así, no perdí el interés en él, en tener un poco de su voz durante el día, antes de dormir, el jugar a que estábamos el uno al lado del otro, el abrazar una almohada pensando que era él y así pasaron los días y las noches en las que lo hice parte de mi vida y se fue metiendo más y el otro se fue saliendo más. Y empezó el primer error.
Empecé a futurear con él, lo empecé a ver en mi vida, en mis sueños, en mi día a día, me imaginaba con él en situaciones cotidianas, eventos familiares, fines de semana de pareja y descanso, incluso con nuestra propia familia, y me gustó la idea. Cosa que le comenté y, yo ya estaba muy bien con esa idea, a él no le pareció que imaginara eso. Un futuro a su lado.
Si no era posible que él imaginase un futuro a mi lado, que no me viera con él, entonces, qué caso tenía que yo sí, y le dejé de hablar.

Al paso del tiempo lo extrañé, retomé el contacto y todo iba bien, y de repente, lo conocí, en un arranque, espontáneo y por sorpresa lo tomé y me encantó, y moría por besarlo, y salió de su clase de yoga para estar conmigo, aunque sea veinte minutos, cargué sus cosas y le dejé la mano libre, la cual le robé y de repente su hombro ya estaba siendo rodeado por todo mi brazo y mis dedos entrelazados por los suyos, caminamos por un sendero y me explicó el por qué de un mural al lado y me enseñó los lugares donde salía cuando era adolescente, me contó anécdotas y ahí en ese camino lo agarré de la cintura y robé sus labios, los cuales se dejaron robar y sentí lo que era besar a una persona que quieres… de nuevo… Y así nos estuvimos por un rato. Me volví adicto a sus besos. En siete días nos vimos cuatro y no hubo momentos sin besos, sin que lo cargase, sin que mis brazos estuviesen protegiéndolo.
Regresamos a su clase y quedamos de vernos el miércoles.
El miércoles llovió muy fuerte en la ciudad; el agua, el viento y él me mojaron mucho, más él. Y ahí, bajo la lluvia, con cierta resistencia de su catrina personalidad bajé el paraguas y quedamos expuestos ante la lluvia, al agua, tocando nuestros rostros mientras sus labios volvían a sus dueños y los míos a los suyos, no se podía negar que había más. Caminar bajo la lluvia, abrazarlo y decirle lo mucho que lo quiero, sabiendo su resistencia a decirlo, haciéndolo enojar por decirlo, haciéndolo sonreír por los besos que le robaba, caminar y caminar hasta llegar a cenar y en la cena, con chocolate, fresas, uvas y manzanas, puse mis cartas sobre la mesa, aposté a por nosotros, a por un futuro. Mis cartas fueron rechazadas. No me importó. Quedé en vivir el presente y por esa semana sería mi novio y al terminar de cenar, me despedí de mi novio y me fui a caminar, feliz por las bendiciones que la vida me daba. Feliz por conocer el amor. Feliz por ver su cara frente a la mía, conocer su sabor, su olor. Triste por no saber cómo decirle la razón por la que me acerqué a él. Desecho por ser tan cobarde de no hacerlo. Desecho porque, en el fondo, sabía que él no perdona; desecho porque, al final, me enamoré de la persona que consideré mi rival; porque fue la persona con que, de ser padre de familia, me hubiese gustado criar hijos con; desecho por la idea de lo efímero que sería nuestra relación, mi noviazgo, mi felicidad.
El viernes nos volvimos a ver, fuimos a cenar; mi novio hermoso, tan culto y suculento; mil veces hubiese preferido que él fuese la entrada, el plato fuerte y el postre, pero él no es de esos con los que te puedes acostar tan fácilmente, y en cierta parte me encantó eso; el reto de contener mis ganas de darle el sexo más duro y delicioso de su vida y a su vez el más romántico y tierno que otro le podría dar; las ganas que provocaba en mi interior, al ver sus ojos en blanco cuando lo besaba y la forma en que se arqueaba cuando lo tocaba, y el contenerme hizo que mis ganas y mi amor crecieran más, porque quería que nuestra primera vez fuese muy especial, cuando fuésemos pareja de verdad.
Caminamos mucho esa noche, la luna estaba por completarse y, en una ciudad que pensé no hay estrellas, las hubo. La noche, nuestra compañera; el tiempo, nuestro enemigo, yo ya estaba enamorado de él. Como quedamos en ir a por un postre, regresamos pero ya estaba cerrado y como la Cenicienta, a la media noche se acababa el hechizo. Lo que jamás quise imaginar llegó, llegó muy rápido, sin dejarme preparar, y empecé a llorar, abrazándolo, besándolo. No me quería separar de él. El fin había llegado. Saqué mi cartera y le di una foto mía. Por si las dudas. Por si las dudas no nos veíamos de nuevo. Por si las dudas él o yo encontrábamos otro amor. Por si las dudas me llegaba a extrañar. Por si las dudas, todo es por si las dudas. De lo único que no tenía duda es que mis sentimientos por él eran los más verdaderos que había tenido en mucho tiempo. Al día siguiente yo me iría.
No me fui. Me quedé y el domingo salimos de nuevo. Fuimos al cine, y ahí lo abracé, lo besé, fuimos novios por una semana, por cuatro días, por diez u once horas aproximadamente, que sirvieron para pensar que tenía alguien por quien luchar, por quien seguir. Al terminar la película sí fuimos por el postre. Sus ojos. Tan grandes, como dos nueces y de color avellana. Sus labios, rosados y besables. Su sonrisa, mágica. De haberlo visto en cámara lenta sonriendo, estaría Nat King Cole de fondo. Me enamoré de él de una manera que pocas veces en la vida se enamora uno. Con ganas de protegerlo pero a la vez de cogerlo muy duro; con ganas de besarlo y a la vez darle unas nalgadas; mil sensaciones provocadas por una sola persona. Mil emociones. Mil miedos y mil sueños. Quería pasar mi vida con él. Yo. Él no.
Esta vez la despedida no fue tan dramática, pero ese último beso, donde lo besé por primera vez, me dijo que él también lo sentía, aunque ahora diga que no. Le gusté y me quiso. Me quiso porque a la vez lo excité y eso lo sentí. Me quiso porque lo quise, lo quise y lo sintió. Cuando el amor es amor, se siente, se respira, no dudas. El amor es el presente, no imaginas; el amor se vive, no se planea; el amor es eso que te droga y quieres más en ese momento; sus labios lo fueron, su cuerpo lo fue, sus manos lo fueron, él fue el amor. Él fue el amor que tanto me faltó esa época. El amor que algún día, alguien me dará y yo podré dar. Mi rayo de sol durante la tormenta en alta mar. El único con quien ha salido la luna llena a bendecirnos con su belleza y luz, el único con quien el cielo dejó de tener nubes cargadas para ser un hermoso y resplandeciente tapiz de estrellas.

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