16 noviembre, 2014

Hola, como sabrás si me sigues en Twitter o Instagram, acabo de hacer un viaje hacia la Riviera Maya. Un viaje maravilloso. Y con un final inesperado. Te invito a que lo leas. Así como también te invito a que lo leas con la música de «El Tiempo Entre Costuras» (enlace a Spotify) de César Benito, una música que me acompañó durante el viaje. Espero que te acompañe en la lectura tanto como lo hizo conmigo. Te invito a que viajemos juntos.


Hago un viaje hacia lo desconocido. Donde no espero algo pero a la vez espero mucho. Donde los nervios me invaden, escondiendo unas inmensas ganas de vivir. Voy sin esperanza y con mucha a la vez. No espero algo porque no me quiero decepcionar de no encontrar algo. Pero principalmente voy a buscar a alguien, al ser que me traerá millones de alegrías, al ser que hace tiempo perdí, yo mismo.

Escucho una música hermosa mientras escribo esto, y me sirve para inspirarme. Sin duda es algo que sí me emociona. Conocer un lugar tan hermoso, tan paradisíaco -y afrodisíaco- que me va a poner una sonrisa en la cara apenas lo vea. Bueno, esta es mi introducción, mientras voy dejando atrás a un joven que moría mientras trataba de vivir. Un joven que trataba de amar. Débil, honesto, sincero. Acompañado siempre de su soledad y de ilusiones rotas. De sueños destrozados por haber creído en algo más grande. Un joven que, sin duda, tuvo su lección de vida y tendrá más. Espero no verlo dentro de muchos años o, si es posible, nunca. Dormiré. Debo tener energía suficiente para la renovación.

Después de unas horas de incómodo viaje y tres películas, sigo viajando. Vengo en la última fila. Como outcast. Viajar de noche es algo que siempre me ha hecho deprimirme o no sé si eso sea el término adecuado pero me pongo a ver la luna, a quien amo profundamente, sola, iluminando el camino de miles de viajeros, de millones de enamorados, testigo de historias efímeras y otras eternas. Y me pongo a pensar en la vida de las personas que viven a pie de carretera, en las noches que pasan, casi sin luz, en medio de la nada, muy adentro de una tierra por la cual nadie se pararía nunca. Pienso en si tendrán familia, comida, cama, pienso en su vida y me deprimo, me deprimo por no saber qué se siente tener una vida así, por no saber lo que es pasar hambre o frío y, a la vez, agradezco no saberlo, jamás me ha hecho falta algo así y quizá digas «Chamaco tan estúpido, ¿cómo se va a deprimir por eso?», me deprimo por no saber lo que es sufrir y ganarse la vida. Lo que es una hora de trabajo, o comer lo básico, me deprimo por no tener esa parte de enseñanza que la vida te otorga para hacerte fuerte y determinado, la que hace que salga tu instinto animal y te conviertas en superviviente. Es raro, lo sé, porque, teniendo todo, puede parecer que se está bien, tranquilo y seguro y no. Al contrario, es más difícil al momento de salir del nido, cuando tenga que valerme por mí mismo, no estará papá o abuelo para apoyarme, o sí, pero no. No es lo mismo valerse por uno mismo a seguir de mantenido y es lo que me da miedo, perder la vida a la que estoy acostumbrado, por eso siento que es mejor empezar de cero, es tonto pero sensato. ¿Tú qué opinas?

La noche está ya oscura, las nubes han tapado a mi amante, mi compañera eterna. La única que entra en mi habitación y le permito estar en mi cama. Me pregunto si se pondría celosa cuando en vez de pensar en ella he pensado en algún amorcillo, en uno de tantos cobardes que jamás se atrevieron a preguntarme si quería algo serio con ellos, o con alguno de esos amores imposibles por la distancia, o con los que me agarraban de segundo plato para olvidar al plato fuerte. En uno de esos tantos que día a día les entregué un pedazo de mí, de mis sueños y esperanzas. De mis sonrisas y lágrimas. ¿Se habrá puesto celosa? Quizá me decía «Ya, tonto, no te entregues tan rápido. No le des tu alegría a alguien que acabas de conocer.» pero, es tan hermoso sentir eso. Esa sonrisa de bobo en tu rostro y la felicidad que nace desde el estómago cuando escuchas su voz o si nombre. O piensas en él. E incluso, esta es la peor, cuando futureas una vida juntos. Una vida feliz, con altibajos, sí, pero juntos. Ver la televisión los fines de semana, acostados mientras comen algo pedido por teléfono, o ir a misa juntos o a pasear, o ir a trabajar y hacer el amor después de una larga jornada. O peor aún cuando ya quieres asistir a los festivales escolares de tus futuros hijos. Es hermoso sentirlo.

Pero cada ruptura, de sueños, de ilusiones, de lazos, de relaciones, me ha hecho un poco, o mucho, más fuerte. Sé que cada viaje tiene un fin. Que cada ciclo termina y otro empieza, y siempre con enseñanza. Que no todo en la vida es para siempre, que el siempre siempre es nunca. Me enseñaron que creer en una persona lleva más tiempo que el que se tardan los labios en formar una sonrisa. Que el ver a los ojos no es perderse en su mirada. Que el sentir bonito no significa que me hable bonito. Que el amar no es querer y el querer no es amar, y mucho menos se quiere tan rápido y se olvida aún más. Que las amistades no son decir «amigo» pero que si se tienen muchas cosas en común sí se puede ser amigo. Que un día estás en un lado y al otro en otro.

Después de horas y horas de viaje aún no llego a mi destino. Sigo en carretera, una carretera sin fin que no conozco, que se me hace larga muy angosta. Quizá tanto como la vida, si no la conoces, si no sabes lo que viene se te hace larga, desconocida, vives con la incertidumbre y te desesperas por querer llegar al final pero te olvidas de las cosas que están a los lados, y aunque ahora es mucho verde, mucha vegetación, y que ese color significa «esperanza». La esperanza de la vida, de salud, de seguir adelante, de no rendirse, de luchar por lo que se quiere, por lo que se sueña. Porque los sueños no son los que se sueñan dormidos, sino cuando estamos despiertos, porque estanos conscientes de lo que queremos, de lo que podemos lograr.

Al cielo, cada vez más azul y con las pequeñas nubes blancas y grises, lo tomo como mi calma, mi paz, obviamente con problemas pero como ellas, desaparecerán. ¿Lloverá? No lo sé, todo puede pasar pero eso no me quita las ganas de llegar a mi destino y seguir viviendo. Los problemas son para afrontarlos de frente y no huir de ellos. Por muy feos que se vean.

Y hay veces en las que de tanto que has sufrido, llorado, deprimido, la vida te recompensa de una manera que sólo ella sabe, y que aunque quizá no sea la gran recompensa que te tiene, te da una probadita de lo que tendrás, para decirte y recordarte que no te ha olvidado, que aguardes, que está haciéndote más fuerte para recibir lo que tendrás. Y veo el mar con sus cincuenta tonos de azul, y el cielo igual con sus tonos y es, tan, bonito. Mi color favorito en distintas tonalidades con un ambiente tan agradable que me provoca una sonrisa y agradezco estar vivo.

Día Uno.

Después de tomar una ducha, bajo a comer mientras disfruto una margarita con vista al mar es muy rico, pero más rico es el aire que acaricia mi cara y se siente muy placentero. Estar tan cerca de los mejores centros comerciales es muy perjudicial para mi economía. No, la verdad no. Sé controlar mis gastos pero a la vez no me preocupa gastar. Me gusta darme mis antojos, para eso se vive y sólo tengo una vida, ¿qué no? Me compro ropa interior muy cómoda, no hay mejor regalo que para mis hijos, jaja. Y un delicioso helado de tiramisù de mis helados favoritos -Häagen-Dasz, por si un día me quieren invitar- en compañía de una amiga.

Hay personas con las que no me apena salir, ella, su novio que también es mi amigo y otro amigo. Son la clase de personas con las que puedes salir a cualquier lugar y no te harán pasar vergüenzas de ningún tipo. Pero sobretodo, la clase de personas con las que sabes que podrás contar en cualquier momento, sólo tres, con una mano se cuentan. Esa clase de amistad que sabes que te dirán la verdad sea cruda o no, con tal de tu bienestar. Que si dices que estás mal harán lo que sea para aliviarte, y compartirán su alegría contigo y tú con ellos. Aprendí que las sonrisas no siempre son de sinceridad y que los abrazos algunas veces suelen ser dolorosos por la cuchillada que te dan en la espalda. Que si te dicen «bebé», como la mayoría de las personas actualmente lo hacen, y ya me tiene HARTO, es porque quieren algo. Que la amistad es uno de los tesoros más valiosos que se pueden encontrar y que vale más que el mismo oro, que si lo encuentras de verdad ya la hiciste y si no, mejor cuídate. Que hay personas para las que la confianza lo es todo y otras para las que se lo toman tan a la ligera que es mejor tenerlas lejos y que no sepan cosas de uno. Que si hay malos entendidos, la amistad verdadera puede remediarlo porque en ella hay amor, en cambio si no puede, es que no es de verdad y en ocasiones duele que sólo una parte ponga todo de sí y la otra no se esfuerce en sanarla. Porque para uno la amistad y confianza sí valen. Y en esas personas son las que se tiene depositar la nuestra.

Después de cenar en un restaurante español me fui a caminar a la playa, con la luna alumbrando a sus dos amores, el mar y yo. Sentir la arena fría en mis pies, el aire en mi cuerpo y las olas golpeando mis piernas me hizo reflexionar de nuevo en las cosas pequeñas grandes de esta vida. Los pequeños placeres. Las cosas olvidadas que nadie recuerda. Los misterios que nadie se esfuerza en descubrir. El acostarse en la arena y mirar, observar, el cielo. Las millones de estrellas que aparecen cada que vez hacia un nuevo punto. Sentir que el universo es inmenso y que uno es nada comparado con la vida. Pero a la vez que somos la causa de la destrucción del planeta, la muerte de animales, la tala de árboles, la extinción de especies, y todo porque a esas personas se les ha olvidado mirar al cielo y sentirse pequeños, han olvidado los pequeños placeres, los que son gratis. Los que no necesitan el dinero que tanto ambicionan, que tanto daño hace, que tantas frivolidades ocasiona. Tantas separaciones de naciones, incluso dentro de una nación hay división. Por el dinero. El día que dejemos de preocuparnos por eso, será mejor; habrá más educación en valores morales y no monetarios, habrá felicidad, respeto por el planeta y por uno mismo, y al estar bien con uno mismo puedes estar bien con todos.

Lo bueno de la barra libre es que puedo estar consumiendo todo lo que me gusta y viendo al mar mientras hablo con una persona muy especial. ¿Hay algo más perfecto? Y entonces, después de colgar, vuelvo a mirar al cielo y brindo por todos aquellos a los que les debo mi fortaleza. Les digo adiós.


 

Continuará…

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