21 noviembre, 2014
Lo prometido es deuda, les dejo la entrega final de mi Diario de Viaje. Con esta acabo una etapa muy grande de mi vida, y de la cual los hice participes. Espero les haya gustado y les sirva tanto como a mí.
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Día Cuatro.
La rutina matutina, despertarse, ejercitarme un poco, y meterme a duchar. Ponerme guapo e ir a desayunar. Este día me tocó ir al parque Xcaret. Desde el principio del viaje ya sabía que sería un viaje personal, para disfrutar mi propia compañía y la visita a este parque me sirvió porque aparte de ir solo durante el camino, anduve solo todo el día. Al llegar al parque, el guía nos explicó el procedimiento de compra de los servicios adicionales que el parque ofrece, y entre ellos está el servicio de cena durante la presentación de un espectáculo del parque, el cual tienes derecho de ver por solo comprar tu entrada, pero no tienes cena ni lugar preferencial, y como a mí me gusta siempre tener todo preferencial, adquirí mi cena para tener mi lugar reservado y tener más tiempo para visitar el lugar. Al pagar, una chica se me acercó y me preguntó si podría cenar conmigo, para no verme grosero le dije que sí, y ella compró su cena también. Lo chistoso fue que me dijo si iba a cenar solo o con mi novia. Sólo sonreí. Quedamos de vernos en el teatro al cuarto para las seis y cada quien partió a hacer su recorrido.
Como siempre que viajo, hago un estudio del lugar al que voy, sus puntos de interés y las rutas que me brinden un desplazamiento rápido para tener más tiempo de conocer. Así como los puntos que no me interesan para no perder mi tiempo.
Lo primero que hice fue conocer una representación de una hacienda henequera, típica del Estado de Yucatán, México. Me fascinó. Su arquitectura, sus salones, la exposición de los muebles y las artesanías. Era muy grande. Las recámaras, decoradas por si era para niño, niña, o la matrimonial. Una cocina enorme –me gustan mucho las cocinas mexicanas-, y en la sala, una exposición de alebrijes y árboles de la vida tallados en madera con colores muy vivos. Muy hermosos.
Al lado de la hacienda hay una iglesia en honor a la Virgen de Guadalupe, que si bien no soy creyente, admiro que es una gran influencer y han sabido vender muy bien su imagen. Una vez más me sorprendo del negocio de la Iglesia Católica, pero bueno. Es una iglesia de bajada, que el altar está sobre el agua, y encima, una representación de la virgen tallada en un tronco, y en las bancas, los retratos de los grandes íconos mexicanos; no podía faltar mi foto con Porfirio Díaz y María Félix. Al salir de la iglesia me dirigí a la torre escénica, una torre de ochenta metros de altura que te muestra la zona y puedes observar Playa del Carmen, el Mar Caribe, y la inmensa vegetación que hay en la zona. Un espectáculo maravilloso, que al rato retomaré. Al bajar de la torre me dirigí a la zona plus, donde me darían mi chaleco salvavidas y mis aletas para nadar en los ríos subterráneos del parque, así como también, entregar mis cosas personales para que las llevasen al final del recorrido.
Una vez equipado, me dirigí al río llamado “Maya”, son tres: “Azul”, “Maya” y “Manatí”, el primero es todo cerrado, cuevas y grutas; el segundo es abierto y cerrado, y el tercero, totalmente abierto. Yo quería aventura sin caer en una de mis fobias (claustro). Y una vez dentro, me sumergí para no tener frío y qué bien se sintió. Y empecé a bracear, mi vida. Me sentí tan bien en ese recorrido, entre brazadas y patadas, caminatas y respiros. Vi a muchas personas con miedo y me traté de recordar si alguna vez me dio miedo nadar, no que yo recuerde. Siempre me ha gustado estar dentro del agua. Debo admitir que aunque me guste el agua, uno de mis mayores miedos es morir ahogado.
Antes de entrar a mi primera cueva, traté de tranquilizarme, no soy de los que se rinden y era un compromiso conmigo mismo. Creo que estos son los más importantes, el no fallarse a sí mismo, porque si uno mismo se falla y no se respeta, ¿qué se pueden esperar los demás? Y nadé. Sin problema, por la oscuridad, sin ver. Solo con mi oído escuchando a los demás para no chocar contra ellos. Y aún así los rebasé, nadé y nadé hasta que hubo luz, y de nuevo otra cueva y así, hasta que salí un espacio donde fui fotógrafo de una familia y de una pareja, capturar su momento juntos, ¿qué me quitaba? E incluso, aunque iba solo, estaba solo, estoy solo, lo volvería a hacer, aunque muchas veces me gane un poco la envidia, el ver que dos personas se quieren es más que suficiente para cambiar a alguien. Pero bueno, también tuve mi foto nadando, me la tomó uno de los fotógrafos oficiales, no me quedé sin recuerdo físico. Y seguí nadando, y nadando, y nadando, no me cansé, el agua me reanima, me relaja, me reconforta, me tranquiliza. Y en un pasaje, ¡qué hombre tan guapo vi! Y me sonrió. Y me apen(dej)é. Y seguí nadando. Y al final cuando, después de casi un kilometro de nado, llegué a la meta, me sentí taaaan liberado, contento, orgulloso de mí mismo, ¿por qué? Porque pude lograr vencer uno de mis miedos, logré llegar sin ayuda, lo logré por mi cuenta, solo. Y me di cuenta que así es, no se necesita de alguien para lograr lo que uno se propone, si está al lado es un plus, pero tu vida es sólo tuya, no puedes depender del tiempo, disposición, espacio de los demás para lograr tus sueños, objetivos, etc. El único que los puede alcanzar es uno mismo. Y sí, se siente feo a veces el no tener con quien compartirlos, pero así es esto, hay que saber estar con uno mismo. Y es algo que a la vez nos fortalece, nos hace saber lo que nos gusta y lo que no, lo que merecemos tener y lo que debemos desechar. En verdad agradecí estar solo.
Después del recorrido, había comprado un lugar para que unos pececitos extraños me quitaran las células muertas de los pies y ahí me ven sentado, como en exposición, todo mundo viéndome y lo más chistoso, por así decirlo, fue ver a un niño, un niño que me recordó tanto a un chavo a quien quise muchísimo y admiro aún más, cuando era bebé: rubio, de profundos ojos azules, ojos que te hacen adentrarte en ellos, y una gran frente, si por las dudas los padres quieren saber cómo será su hijo, les hubiese mostrado su foto. Y a él también le agradezco el haberme enseñado que la perfección, por muy cerca que esté del cien por ciento, jamás algo será totalmente perfecto.
Después de ser modelo de peces, me dirigí a una caleta, donde nadé un rato más y tuve otra sesión fotográfica. Quedé muy bien. Y luego a otra caleta donde hice snorkel y vi peces. Después de tanto caminar me dio hambre y entré a un restaurante de cortes, soy muy carnívoro, y al pedir “Mesa para uno”, los hosts se me quedaron viendo como de “¿Y este loco?” Hasta me preguntaron dos veces que si para uno y que si venía solo, y les dije que sí sin pena. Me dieron mi mesa, y me dirigí a las barras de alimentos y comí. Después de caminar me fui a seguir recorriendo el parque. Caminé por horas y horas, visité un mariposario, una capilla, un taller de chocolate, una escuela rural, debo admitir que el taller de chocolate me causó un poco de risa debido a un letrero que decía:
“Qué santo es el chocolate
que de rodillas se muele,
juntas las manos se bate,
viendo al cielo se bebe.”
Ya sabrán por qué me dio risa.
Seguí caminando, por cuevas, por jardines, por todos lados, llegué a un cementerio, con tumbas muy coloridas y como siempre me gusta descubrir, entré por una reja y me llevó a un altar a la virgen y me quedé ahí y por un momento me volví creyente, y pedí por mi relación con mi mamá, para que por fin me acepte tal quien soy, que acepte mi vida. Y lloré, yo, que no creo en los santos, o cosas así, creí. Quizá fue una de esas veces locas, en las que sabes que no te queda más que tener fe. Cosa que me choca. Luego de eso, seguí mi camino. Ya casi daban las seis y tenía que llegar al espectáculo. No sin antes hacer una cosa que me pondría más feliz, algo que me encanta ver, admirar, la grandeza de la naturaleza…
Antes de llegar a mi destino –casi- final, me topé con unos amigos que me invitaron a ver un espectáculo ecuestre, pero ese lo puedo ver en cualquier momento, el otro no. Corrí para llegar a tiempo, y llegué. De nuevo a la torre escénica. Ochenta metros arriba. Para admirar uno de mis momentos favoritos, y ahí estaba, la puesta de sol más hermoso que mis ojos han visto jamás. Y me sentí tan vivo, tan único. Ningún espectáculo se le puede comparar a esa belleza natural. El ver cómo el sol se va escondiendo. Pfff.
Al bajar me dirigí al teatro a esperar a mi compañera, listo ya para la cena, pero como no llegaba me metí y la esperé dentro. Si algo me gusta es la puntualidad. La cena estuvo muy rica y el espectáculo narró la historia de México, con buenos efectos, música y montaje, también hubo muestra de los bailes típicos de cada estado, y aunque todo México es bonito, me sentí tan bien, tan orgullo cuando empezó a sonar el son de “La Bruja” con una jarocha bailándolo, y luego “La Bamba” –considerado el himno de Veracruz desde hace mucho tiempo- con muchos jarochos bailando, el hacer el moño, las velas en la cabeza, me sentí en mi hogar. Y para finalizar Veracruz, una demostración de los Voladores de Papantla, todo un espectáculo. Y se me hizo de muy buen gusto y hospitalidad, que al finalizar todos saliesen con banderas de distintos países para darle calor a los turistas, cosa que aplaudieron y todos, extranjeros y paisanos, unidos, gritamos un “Viva México”, me sentí orgulloso de ser mexicano. Así como me siento siempre, a pesar de los problemas políticos que se atraviesan, no pierdo la esperanza en este país ni en su gente.
Al salir me dirigí a donde me tenía que reunir con el grupo y regresamos a Cancún.
Al llegar, me fui rápido al centro comercial porque necesitaba un banco y un poco de internet para descargar mi Twitter porque se me desinstaló. Y no encontré cajero por ningún lugar. Ya en el hotel, estaba listo para dormir y recibí un mensaje, un chico holandés quería verme.
Y no les diré cómo nos conocimos, ni lo que pasó para que nos acercásemos tanto. Pero me enamoré de él después de lo vivido, desde que lo vi sentí una gran necesidad de abrazarlo, y cuando lo escuché hablar, se me llenaron los ojos de lágrimas, era Carlos el que me hablaba. Estaba hablando con Carlos, mi Carlos. Y no sé si me enamoré de Mario porque pensé que era Carlos, o porque le había dicho adiós a Carlos. Pero estuve con Carlos y con Mario a la vez, caminamos mucho tiempo de la mano, hablando de mil cosas, todo en inglés, me espero en mi hotel porque pasé a cambiarme, y lo acompañé al suyo para que no le diera miedo ir solo, y así nos fuimos, de la mano, hablando de todo y de nada, abrazándonos y besándonos, otro de ojos azules, raro que me gusten así. Y llegamos a su hotel y estuvimos en la alberca, y luego a la playa, ya de madrugada y jugamos ahí, y platicamos de todo otra vez, y así se pasó el tiempo, entre risas, fotos, temas de conversación, aprendiendo palabras nuevas, viendo a las estrellas, besándonos, y de repente, con el mar como testigo, fue mío nuevamente. Ahora de una manera muy romántica, las olas amenizaron todo, la luna nos iluminó y ahí en la playa, sobre un camastro, descubrí lo que es hacerlo sintiendo, no sé si eso haya sido porque pues apenas unas horas no sé si basten, pero sentí muy diferente a todas mis veces anteriores. Sentir su piel sobre la mía, sus labios, su respiración, su belleza y ternura, mi necesidad de jamás dañarlo, de cuidarlo, fue algo mágico, y las estrellas sobre nosotros y las lágrimas que escurren de mis ojos en estos momentos me hacen saber que sí fue real. Que en Cancún supe lo que es ser deseado, amado, o por lo menos querido por alguien y no ser sólo un cuerpo y una cara bonita y que quizá no soy el canon de belleza para un mexicano pero sí para un holandés. Y las cosas tan hermosas que me dijo, y que le dije, y que puede que jamás nos volvamos a ver pero que la esperanza sigue ahí. Que un día nos diremos, incluso si no nos volvemos a ver –aunque nos mantenemos en contacto- “We’ll always have Cancun” como en “Casablanca” cuando Ilsa parte y deja a Rick en Casablanca. Un amor que es para siempre aunque no se pueda concluir. Y quizá sea eso, para que algo no acabe, jamás debe empezar. Y el recordarlo es tan mágico, tan hermoso, tan único, tan bendito que las lágrimas siguen saliendo. Y salen porque el despedirse fue tan horrible, el hacer todo más largo para no separarnos, el decir cosas de consuelo, el sostenernos de la mano y sostener el llanto, fue algo muy fuerte. El besarnos a cada rato. Y cuando ya no hubo más tiempo, ya casi las cinco de la mañana, el caminar cada quien para su lado y voltear al mismo tiempo y correr para besar a mi niño y cargarlo y seguir besándolo, sabiendo que sería de los últimos que le daría. Hasta que el momento llegó, y nos dimos el último beso. Y ya no quise voltear, porque sabía que no podría dejarlo ir de nuevo, y ahí voy, caminando por la arena, así, solo de nuevo hasta llegar mi hotel, entre feliz por haber descubierto algo y triste por lo efímero que fue, di gracias a la vida por permitirme saber eso. Llegué a la habitación, me di una ducha rápida, y me fui a dormir. En un rato terminaba el viaje.
Día Cinco (Final).
Despertar después de un sueño mágico donde quieres volver a dormir y por más que quieres seguir soñando lo mismo es imposible, por más que trates de crear los personajes, la situación, no es lo mismo, y maldices al despertador por haber roto el encanto, y no te queda de otra más que dejarlo en tu memoria. Te metes a bañar aún pensando en ello, en lo bello que debió haber sido si hubiese continuado. Te vistes y arreglas tus maletas, pues ya partirás. Vas a desayunar, entre feliz y nostálgico, tus amigos te ven, saben lo que hiciste pero no a tal grado y te sonríen. Comes. Regresas a guardar tus últimas cosas y sales, y al cerrar la puerta se quedan allí momentos irrepetibles. El viaje ha terminado y vas de nuevo a la realidad, a lo cotidiano. No sin antes despedirte de la persona con quien estuviste la noche anterior, porque aún no se pierde el contacto. Y te diriges a una de las Siete Maravillas Modernas, Chichén Itzá.
Ahí descubres lo grande que fue la civilización maya, el por qué de sus construcciones y recorres la ciudad con tus compañeros, se toman fotos y te acuerdas de él, de anoche, y solo sonríes por el maravilloso recuerdo que te dejó pero sabes que debes continuar y le sonríes a distancia. Y antes de partir de regreso, comes. No me quería quedar con las ganas de probar unos tacos de cochinita pibil de la región e igual, comes solo, una porque eres la única persona del grupo que va a comer; dos, porque ya no tienes miedo de estar solo. Agradeces tu compañía.
Y partimos, de nuevo hacia Xalapa, todo un día más de viaje. Entre películas y sueños, entre risas y carcajadas, entre dormir y despertar, te das cuenta que dejaste atrás tu pasado, que regresas relajado, sin una carga, que viviste a tu manera, que disfrutaste tu juventud, siempre con cuidado y responsabilidad. Que la vida es como te la tomes, que no dependes de alguien para ser feliz, y que aunque alguien puede estar en tus momentos de felicidad, la felicidad es la que tu te has ganado. No es él. O ella. Eres tú. Tú te brindas la mejor felicidad. Tú debes ser tu motivo para vivir, para mejorar, para trascender. Tú y sólo tú. Los demás van a llegar si tienen que hacerlo. Aprendí que te pueden gustar muchísimos, que puedes querer a unos cuantos, que puedes estar enamorado de unos tres, sí, es posible. Pero, sólo vas a amar uno, para toda tu vida, el más importante: tú. Porque, si no te amas, cómo vas a amar a los demás. Y si piensas que no tienes tiempo para ti o para conocerte, o que tienes que compartir el tiempo con tu pareja, familia o lo que sea, está bien, ya llegará tu tiempo, igual cuando tenga que llegar. Porque el mejor momento para conocerse a sí mismo es ese que vivimos cuando todo parece haber acabado, el tiempo entre rupturas.
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