26 enero, 2015

¿Recuerdas cuando ibas en el kínder y te gustaba un niño o niña? Tu primer amorcito. ¿Lo recuerdas? Todo bonito y tierno, ¿no es así? Pues así lo recuerdas por la inocencia que tenías, el ver las películas de princesas, los cuentos de hadas, incluso en la primaria fue así. La inocencia que teníamos, el desconocer la maldad. Esa inocencia que vamos perdiendo conforme crecemos y nos damos cuenta de cómo es el mundo, o las personas, o nosotros mismos. Vamos cambiando los gustos o los vamos descubriendo. El ver a los niños sonriendo por todo o cuando están preocupados por sus exámenes de segundo de primaria, y pensar en que nosotros lo vivimos y ahora lo vemos como algo tan sencillo. O cuando se ríen por cualquier cosa, aunque para nosotros no tenga sentido, para un niño significa mucho.

De vez en cuando, si una persona es bondadosa o cree en las personas le dicen que es «muy inocente» debido a su falta de malicia, a que no conoce mucho el mundo; en cambio, otros no creemos tan fácilmente en las personas, vamos perdiendo esa inocencia con la que nacemos y que, en lo personal, jamás debimos haber perdido. ¿Qué ganamos con haber crecido? ¿Por qué dejamos de creer en algo tan bonito? ¿Por qué en lugar de que «el amor» sea nuestra fortaleza se convierte en debilidad? Es algo irónico y tonto puesto aunque sabes que es verdad, una parte de ti se aferra a eso que crees que es amor. Como si tu corazoncito tuviese unos guantes y se estuviera agarrando con todas sus fuerzas a su otra parte para no quebrarse, para seguir vivo. ¿Por qué? Porque quizá aún conservamos esa inocencia, ¿será bueno tenerla? ¿Será bueno ser «tonto»?

«Espero que sea estúpida…; es lo mejor que una chica puede ser en este mundo, bonita y estúpida.»

«The Great Gatsby» (1925) – Francis Scott Fitzgerald.

La frase anterior resume en parte el tema de este post debido a que Daisy Buchanan le dice a Nick Carraway al contarle sobre el nacimiento de su hija y que su esposo no estaba con ella debido a que estaba con su amante. Por lo que prefiere que su hija sea una niña estúpida para que no se dé cuenta de lo que pasa, ¿será que eso debamos hacer? ¿Hacernos los ciegos? Es algo a lo que no estamos acostumbrados, y si lo hacemos es para no sufrir lo que vamos a sufrir cuando tengamos que ver.

¿Por que madres es tan difícil este puto tema? ¿Por qué no puede alguien quererte como tú a él o ella y punto? ¿Por qué una parte siempre da de más y es la que recibe menos? No lo sé y es la misma duda que millones de personas más se hacen día a día, noche a noche. Si somos inocentes no pensaremos en que la persona a la que le estamos dando nuestro amor, lo está teniendo en brazos de otro, o que no le importas o cosas así que sabemos son más que obvias debido a que uno, no lo haría por la simple y sencilla razón de no querer que el otro sufra, ¿qué cuesta usar un minuto para llamarte y decirte que te quiere? ¿O que te extraña? O alguna puta madre. Uno también quiere eso.

La inocencia tiene su contraste en la ignorancia, en el no saber, sólo que la primera es la carencia de maldad y la ignorancia en no saber sobre algo en concreto. Si eres inocente no sabrás si te ponen los cuernos porque no tienes maldad en tu mente, no concibes a alguien capaz de eso; y si lo ignoras es porque sabes que alguien lo puede hacer pero prefieres no saber al respecto, en ambos ejemplos, estás ciego. Pero quizá sea esta la forma más sencilla de llevar algo, una relación podría ser, el ignorar algo muchas veces ayuda y es esto en lo que tanto la inocencia como la ignorancia tienen su virtud, el que no suframos. Lo de los cuernos es sólo un ejemplo, nada personal. ¿Y si mejor recuperamos la inocencia? Esa que perdimos al crecer pero que el corazón, con su guantito blanco se agarra fuertemente a su otra mitad nos va a ayudar para encontrar, quizá al final, la verdadera felicidad.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.