12 octubre, 2014
Estoy de vuelta. Te pido una disculpa por haberte abandonado tanto tiempo, por no escribir mis vivencias o relatos pero no había tenido la inspiración necesaria y no me gusta entregar trabajos mediocres.
Te recomiendo reproducir este link debido a que será crucial al llegar al final:
Este post está dedicado a todas las personas que alguna vez sus amigos les han dicho «Te lo dije» o que simplemente creyeron en el amor.
Y a ti, por haberme enseñado tanto en tan poco tiempo, sé que lo vas a leer.
Le creí por segunda ocasión. Sin duda alguien pensará “Te lo dije”. Y sí, tuvo razón. Volví a caer. Su sonrisa, su seriedad, la calma de su voz, el brillo en sus ojos, su barba de tres días, su piel blanca y su cabello castaño son cualidades que a cualquiera embaucarían en la mayor estafa o en la mayor aventura. En mi caso, fue la primera. Es de esas personas que son amables, simpáticas, que te dan todo en bandeja de plata, te dan un abrazo en cualquier momento, y te sacan mil pláticas, es de esas personas que aunque no tengan dinero, siempre se ven bien, y de las que quieren progresar. No lo culpo. La primera vez todo fue color azul, muy bonito, un azul cielo a las siete de la mañana, rodeando las cadena de montañas que circunda mi ciudad, de ese azul que te da esperanza en el día, en el que sabes que nada saldrá mal, siempre me alababa, me decía cosas padres, ¿a quién no le gusta que lo halaguen o que le pinten el mundo en el futuro? ¿A quién no le gusta soñar? Así me tuvo por dos meses. Una noche me llamó.
-¡Hola! ¿Cómo estás? Estoy por tu casa y pensé en saludarte, ¿estás ocupado?
-Hola, pues estoy ocupado haciendo las cosas para mañana pero me puedo dar un rato. Deja me alisto.
-OK. Te veo en la esquina como en… ¿diez minutos?
-En cinco estoy listo.
Y no sé cómo pero en cinco minutos ya estaba con él, con ropa diferente y toda la cosa. Me veía bien. Y empezamos a caminar. No recuerdo ni de qué hablamos, el estar con él lo opacaba todo, incluso en la noche brillaba, caminamos y caminamos y me sonrojé cuando su mano medio tocó la mía, llegamos a un punto y vas para atrás, incluso buscamos una ruta un poco más larga para caminar y platicar más, de mi futuro, de su futuro. Un chico tan apuesto, tan pulcro, tan decente, tan… ¿lejos de mí? ¿Por qué no hacer algo más con él? ¿Por qué no salir cada fin de semana? ¿Por qué no tener algo serio? ¿Por qué no dejé de pensar? ¿Por qué me dejé llevar? Al llegar a mi casa le dije que no quería entrar aún y seguimos caminando, hasta que me dijo:
-Ya no quiero que camines más, es muy peligroso – y me abrazó de repente.
Para mí duró como un segundo ese abrazo como de veinte, el tiempo con él volaba, el tiempo. El tiempo, que a aquellos a quienes aman se les hace inexistente y para los solitarios se les hace eterno. El tiempo, amigo y traicionero. Cómplice y sapo. El tiempo pasó después de ese abrazo. Me dejó así sin más, no contestaba las llamadas, los mensajes, los saludos, las nada. Se esfumó, desapareció. Sin haberle hecho algo, se fue. Lo único que le hice fue darle mi tiempo, mis sonrisas, mi cariño.
Pasaron los meses sin saber de él. Siempre dije que fue mi mayor decepción amorosa, irónico, “amor”, este es un chiste que solo yo entiendo. Amor. Amor. Amor incluso cuando sabía que no llegaría a más. Amor incluso cuando su sonrisa seguía presente en mis sueños, en mis ilusiones. El tiempo pasó sin más, conocí más personas, conocí nuevas cosas, me volví a enamorar, y a decepcionar. Como todos. Llegaba a casa y hacía mis deberes, y luego, a caminar, lejos muy lejos para ejercitarme, para distraerme, para inspirarme, para ver el sol ponerse y que su luz penetrase entre las hojas de los árboles y que me diese en la cara esa luz que te dice “Tranquilo, aquí estoy”, esa luz que sabes que un Ser Divino te manda para decirte que no te dejará solo, que tiene algo grande para ti.
Después de la desaparición, seguí mi rumbo y todo fue viento en popa. Normal y tranquilo, logré olvidarlo. Y un día mientras caminaba por un rumbo sin saber cuál era, me lo topé, bueno, no me lo topé, solo lo vi a lo lejos, bajándose de su automóvil con su hermana, tan guapo, camisa blanca, jeans azul oscuro, barba, y gafas de sol. Me detuve en seco y me escondí tras un árbol, todo lo que había en mí desapareció, el estómago se esfumó como él, los pulmones se hicieron chiquitos y mi corazón a punto de explotar. Mis piernas apenas y respondieron cuando su auto arrancó y seguí mi rumbo, me faltaba el aire, ¿pálido? Sin duda. Al llegar a casa lo primero que hice, maldita globalización, fue buscar su perfil en Facebook, ¿le agrego o no? OK. Nada pasó, todo bien, no puedo odiar a alguien que me dio felicidad, falsa, pero me la dio. ¿Será que aunque sea nos conformamos con unas pocas mentiras con tal de sentirnos parte de alguien? ¿Será que la idea de sentir que alguien es feliz con vernos es suficiente?
Lo agrego. Y el remordimiento que viene después me invade de una manera rápida. Sé que cometí un error. Me acepta. Hago como que no estoy. Me habla. Tardo un poco. Le contesto. Con todas las reglas ortográficas habidas y por haber para demostrar mi seriedad. No uso emoticonos. Ni sonrisas, ni jajajas tontos, solo soy alguien robotizado y sin emociones, alguien que se protege a sí mismo de ser dañado, bien dicen que el que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe. Y de repente volvió a ser el mismo de antes, el mismo seductor, el mismo mentiroso, el mismo farsante, el mismo que hace que te enamores una y otra y otra (ya no habrá otra) vez. El mismo que hace que mi cuerpo se doble con solo pensar en estar con él. El mismo que no quise ver la primera vez. Esta vez me fui despacio para no caer de golpe y sin paracaídas. Su voz antes de dormir, platicar de nuestros días, platicar de temas que ambos nos gustan, reír y quedar en salir, de esas salidas que sabes que nunca llegaran pero aún así te arreglas y te quieres ver bien. Vestirse bien siempre, nunca sabes cuándo te lo vas a topar y saldrán a caminar y vivirán una eterna historia de amor.
Verse bien para aparentar. Aparentar ser alguien que no se es. Que te va a invitar a su pueblo, que le vas a invitar a tus recorridos del trabajo. Que van a platicar y a platicar por horas y serán grandes amigos para después ser la mejor pareja. Mejor dicho, para aparentar ser la mejor pareja. Y de repente vuelve a ser el mismo, el que ignora tus mensajes, el que le da igual si le hablas o no, el que eres más que un simple admirador de su belleza, de su ¿qué más? ¿Dinero? No tiene y no me importa, no busco dinero. ¿Auto? No me importa, ni siquiera me gusta andar en auto. ¿Casa? No busco casa, y mucho menos un cuarto. Da coraje, sí. El que te traten como lo mejor y después te hagan bolita y te avienten, ¿sabes cómo? Paseándose con su actual y el a lo lejos dudar si es o no, y en el fondo deseando que no sea, que no sea ese que va ahí tan juntito con esa otra persona. Le hablas por teléfono para ver si suena. Y a lo lejos ves que sí es, que checa su móvil y lo esconde. Que decide ignorar la llamada de una persona que sí lo quería, que decide dejarte ir. Y ahí vas, vas a seguirlo y entras al establecimiento donde entró con cualquier pretexto solo para darte cuenta que sí y que su pareja está fea, que está simple y que estás mucho mejor tú. Que tú tienes un nombre, un apellido, porte, belleza, que no eres alguien que tiene que rogar por amor, y que sí algo grande va a llegar hasta a ti, y que va a ser el único, porque sí, porque lo mereces. Y sales de ahí, no te niego que no sales con el estómago vacío, las piernas temblando y como puedes, te echas a correr a huir, a gritar y a llorar, porque sí te duele, pero te duele de una manera que sabes que no te volverá a doler, porque se murió, hasta ahí quedó.
Y no lo odias, no lo odias porque no te hizo daño, tú solo te dañaste al creer, al no cuidarte y al permitir que entrara en tu vida si ya sabías cómo es. No lo odias porque en el fondo sabes que te deja una mayor enseñanza, que te deja siendo alguien fuerte y alguien maduro, alguien que ya no cree en el amor a primera vista o en que el amor viene en empaques bonitos, te deja sabiendo que el amor va siendo de poco a poco y que una sonrisa hermosa no garantiza la felicidad. E irónicamente tienes reproduciendo el track de tu película favorita, donde la protagonista corre para despedirse de su amor y corres, te sincronizas con ella y te liberas. Y sabes que estarás mejor, quizá no hoy, quizá no mañana, pero sí lo estarás. Si has superado tantas cosas, claro que superarás a alguien así. Y vendrán cosas mejores. Y todo será mejor. ¿Y qué pasó con él? Well, he’s gone.

Esto fue todo y ya saben que espero sus comments ya sea por aquí o por mis redes sociales.
Cinco mil gracias por las ya cinco mil visitas a este blog que no es solo mío, sino tuyo, porque lo escribo también lo has vivido.

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