Noviembre de 2013. Una decepción amorosa cualquiera —o al menos así lo creí en aquel momento— se convirtió en el catalizador. En ese entonces, con la ingenuidad de quien cree que el mundo se acaba con un corazón roto, decidí que tenía mucho que decir y nadie a quien decírselo. Así que, sin más, se lo conté al mundo.
A partir de ahí, la escritura se convirtió en el puente entre mis dedos y tu conciencia. Descubrí que al abrir y diseccionar mi propia vida, otros encontraban un espejo. Mis recuerdos, mis deseos y mis miedos dejaron de ser solo míos para volverse colectivos. La esencia de este blog siempre ha sido la misma: demostrar que soy —o que era— un hombre que ha vivido igual que otros; que ha superado obstáculos, que se ha equivocado una y otra vez y, aun así, se ha negado a dejar de sentir. Porque sentir, mi querido lector, es lo único que justifica la existencia.
El amor no se define; se intenta explicar, se detalla, se sufre, se celebra y se vive. Pero para hacerlo, hay que haberlo vivido. Por eso conectamos: toco puntos que todos hemos habitado.
Quiero dejar algo claro: jamás me verás utilizando apelativos ridículos para mi audiencia ni creando legiones digitales. Eso es terreno de quien necesita validación externa para llenar un vacío de autoestima. Tú no eres un «fan»; sino mi confidente. Si estás aquí, es porque te interesa la visión de la realidad que propongo, porque compartes la alegría o porque entiendes que, a veces, la tristeza es el mejor lugar para empezar una conversación.
No escribo a diario. No por falta de ganas, sino por respeto a tu tiempo. Jamás te entregaré un producto de baja calidad, una pendejada diseñada para que la imagen principal sea mi ego y no el texto. Ni mis papás me abandonaron ni mi vida es una tragedia griega; si me sigues, que sea por la desnudez de mi espíritu y mi capacidad de análisis, no por el espectáculo.
Y así, casi trece años después, The Quique Diaries permanece intacto. He conservado cada texto, sin edición alguna —salvo la fecha original—, para que puedas rastrear la evolución de mi crecimiento personal y literario. Es un ejercicio de transparencia: ahí está el joven que fui y el hombre en el que me he convertido.
Gracias por dedicarme lo más valioso que tienes: tu tiempo.
Atentamente,
Enrique (o Hags, o Quique, o Rick).

